Cuentan las crónicas desde Nueva York y Londres que en las dos capitales financieras más influyentes del mundo los ciudadanos están indignados con los servicios públicos ante los efectos de las inclemencias del tiempo. El miércoles hubo una tromba de agua en Nueva York que paralizó el metro y los trenes de cercanías y dejó sin luz a parte de sus barrios. En la capital británica, las inundaciones han llevado al colapso a la mayoría de servicios públicos de transporte, que se añaden al endémico malestar por la progresiva pérdida de competitividad y de imagen de sus aeropuertos, cuya gestión es privada y en manos de empresas españolas.

Pese a quien pese, estos ejemplos --que se repiten, a su escala, en Barcelona o Roma-- son un reflejo de que la doctrina económica promovida los años 80 en Estados Unidos y Reino Unido (el decenio de Ronald Reagan y Margaret Thatcher) que predicaba que los poderes públicos cedieran a la gestión privada las infraestructuras, empieza a ver el abismo de sus efectos. Son tesis que ahora ya se conocen como neocon, por no decir netamente reaccionarias. Es bueno que sepamos que la doctrina de reducir impuestos, equilibrar a cero el presupuesto público y fiar a la gestión privada las infraestructuras claves para el desarrollo de un país está fracasando allí donde más se promovieron y aplicaron estos principios. El modelo neocon se extingue y no ha surgido otro que recupere el equilibrio entre lo público y lo privado.