Atajar una crisis financiera y reducir sus efectos a la zona donde se inició es mucho más difícil que establecer un cordón sanitario por la fiebre aftosa o limitar el efecto en cadena de desconexión de subestaciones de electricidad. Es la tercera lección del verano. Hasta el jueves al mediodía, los mejores expertos en interpretar la evolución del mercado de valores decían que la crisis de algunos bancos norteamericanos, que eran avalistas finales de los créditos hipotecarios que habían obtenido familias que difícilmente pueden devolver el préstamo, se debía limitar al propio mercado financiero de EEUU. Anteayer se supo que no era así. El Banco Central Europeo (BCE) anunció, de manera inesperada, que iba a prestar 94.800 millones de euros a los bancos privados para evitar que hubiera falta de liquidez. ¿Anticipación o reacción ante la inseguridad que transmitían los mercados americanos, y que Bush fue incapaz de atajar?

Ayer hubo nueva entrega de dinero barato por el BCE: el aviso se ha convertido en confirmación. La turbulencia financiera mundial ha llegado a España con una interpretación particular, porque nuestro país está señalado, hace tiempo, como protagonista principal de la burbuja inmobiliaria. Desde el punto de vista bancario no es así, porque la insolvencia de deudores en EEUU está en el 14% y la española no supera ni el 2%. El BCE ha adivinado que el reajuste financiero mundial es inevitable.