En pocas ramas de la economía se recurre tanto al uso de la metáfora, mezclada con todo tipo de neologismos, como en la información bursátil. Se cumple una semana del afloramiento de una crisis latente, de la que aún no se conocen ni el tamaño ni los efectos, pero ya ha aparecido la panoplia de palabras tomadas directamente de los fenómenos naturales: hundimiento, calma, tranquilidad, turbulencias... Todo desde que el Banco Central Europeo (BCE) atisbó que el riesgo en el sector financiero más especulativo ya era excesivo. El indicio fue claro: los bancos no se querían prestar entre ellos, es decir, las entidades de crédito --cuya etimología es explícita-- no se prestaban entre ellas (interbancario) porque no se fiaban unas de otras. Tuvo que ser el BCE el que prestara 230.000 millones de euros --operación seguida por otros bancos emisores del área del dólar y del yen-- a la banca privada, a un precio barato (alrededor del 4%) con vencimientos de uno a tres días.

¿Conjurada la crisis? Nadie está seguro, salvo quienes por oficio han de apelar a la tranquilidad. ¿Estalla la burbuja inmobiliaria, como lo hizo la burbuja tecnológica? Tampoco es seguro, aunque hemos visto repetirse un término que ya apareció hace un decenio, impropio de un sector tan aficionado a la terminología incomprensible: ahora se habla de créditos basura como antes se habló de bonos basura. Estos eran inversiones de alto riesgo, especialmente en acciones de compañías de futuro incierto.