Querido lector, ya ha terminado la campaña electoral. Realidad que, aunque cierta, parece imposible. Y es que, desde el diciembre pasado (por lo menos), todos los días y en todos los medios hemos asistido a actos que tenían que ver con las elecciones. Además, el estilo de la derecha, el de la confrontación total y el todo vale, ha hecho que algunas personas (que no eran militantes de partidos) se vieran agobiadas. No obstante, la campaña ha terminado y, como en tantas ocasiones, me ha provocado un sentimiento agridulce.

Digo dulce porque ha ganado el PSOE, la izquierda. Eso quiere decir que, aunque se quiera envolver la derrota de la derecha con cuidados paliativos (que si han aumentado los votos, los tantos por cien y los escaños, etc...), el PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, formará Gobierno. Pero, por honor a la verdad, no solo la victoria de los socialistas me ha producido buen paladar, esta vez también me he alegrado por la derrota del PP. Creo, y así lo he dicho en más de una ocasión, que no debían ganar quienes aún sabiendo que ponían en peligro los derechos humanos, la convivencia y los valores democráticos, quería sacar rédito electoral de la xenofobia y de la utilización partidista del terrorismo.

Pero, al mismo tiempo, también he dicho que algunos resultados me han provocado amargura. Me refiero, a los que se han dado en la Comunitat Valenciana y, en concreto, en la provincia de Castellón. Soy de los que pienso que las repetidas diferencias electorales en beneficio del PP (16.000 votos en Castellón y 300.000 en el conjunto de la Comunitat) deben tener clara repercusión en la formación socialista. No se puede retrasar la necesaria renovación del PSPV-PSOE. En caso contrario, el PSPV-PSOE podía pasar de ser un portador de un ideal de liberación, un orientador social o una vanguardia, a ser un lastre para las aspiraciones de la sociedad valenciana. Por eso, digo, que ahora o nunca. Pero ojo, este debe ser un proceso abierto, de amplia participación democrática, valiente, pero cuidando que no se ponga en cuestión la imprescindible unidad política, orgánica y de acción del partido. Un proceso que lleve nuevas caras a la dirección política (decir que las personas no tienen importancia es un mal análisis) e impulse un modelo de partido y de acción política que entienda como urgente la masiva afiliación (somos pocos y, en alguna ocasión, no en todas, mal avenidos), la mayor implicación social de estos afiliados (desde la visión de que la izquierda, además de ser un partido, o movimiento político transformador, en un movimiento cultural que debe tener claro que junto al partido y al diputado existen otras organizaciones y hay que estar en ellas, con la sociedad civil, descentralizando la actividad y extendiendo la cultura socialista) y dote a la organización de una identidad, es decir, de un decálogo de propuestas que sean punto de referencia (conocidas por todos y vinculadas a las aspiraciones más urgentes de la sociedad. Ahora, por ejemplo, seguimos hablando, en exclusiva, del discurso del PP: del agua del Ebro, del aeropuerto, de Mundo Ilusión...).

Querido lector, los resultados de las elecciones me alegran. Pero, un día después me interesa mucho más, por necesario para el interés social, el proceso abierto en el seno del PSPV-PSOE. Así es que, como aún estamos a tiempo, permítanme que repita aquello de: ¡Ahora y bien! Lo de: ¡Nunca o mal!, podría hacer que una organización más que nunca necesaria, se transformara en algo no total productivo. Ya veremos.

Experto en extranjería