Esta mañana entra en vigor en Gaza la tregua acordada el martes entre el Gobierno israelí y Hamás gracias a la mediación de Egipto. La necesidad de los contendientes de tomarse un respiro, suavizar la presión sobre la población civil y poner los cimientos para un intercambio de prisioneros han pesado más que los riesgos asociados a un alto el fuego visto con parecida desconfianza por los ministros más conservadores de Ehud Olmert y los sectores más radicales de Hamás. Y son justamente las previsibles maniobras de los adversarios del alto el fuego para hacerlo inviable las que lo amenazan desde el mismo momento en que fue acordado.

Un año de poder omnímodo de Hamás en Gaza, de ataques a los núcleos de población israelís más próximos al territorio palestino, de la correspondiente respuesta del Ejército de Israel y de bloqueo económico de la franja han creado una situación imposible. De una parte, los islamistas han mantenido intacto su prestigio a ojos de una población condenada a convivir con la miseria; de otra, Estados Unidos y la UE, que denostan a Hamás todos los días, temen una escalada militar que debilite a Olmert, dentro y fuera de su país, más que la humillación sufrida en el Líbano en el verano del 2006 frente a la guerrilla de Hizbulá. La abstención del viceprimer ministro Haim Ramón en la votación del alto el fuego confirma que, efectivamente, no todos los riesgos que deberá superar procederán del campo de los terroristas palestinos.