Entre otras muchas cosas, con la visita pastoral que acabo de comenzar, deseo ayudar a las comunidades parroquiales a revitalizar su vida de fe, la celebración de los sacramentos, el compromiso de la caridad y su misión evangelizadora. Como nuestro Plan Diocesano de Pastoral nos propone, deseo alentar a todos para que nuestras parroquias sean de verdad "ámbitos de fraterna comunión de personas y de misión compartida".

A veces nos encontramos con imágenes inadecuadas de la parroquia. Unos la entienden como un territorio, otros como una institución que ofrece servicios religiosos para satisfacer las necesidades espirituales. Ante estas desfiguraciones en la forma de entender y vivir la parroquia, hay que resaltar que la parroquia es una comunidad de fieles cristianos, una comunidad de hermanos, una familia, una fraternidad. Está formada por los fieles de un determinado territorio a cuyo frente está el párroco como su pastor y bajo la autoridad del obispo. Es necesario subrayar que todos juntos --párroco y resto de fieles-- forman la comunidad parroquial. La parroquia es la presencia de la Iglesia de Cristo en el pueblo o en el barrio. También de la parroquia se puede afirmar que encarna, en cada lugar concreto, el acontecimiento de gracia y salvación de Dios.

Necesitamos que cada una de nuestras parroquias sean de verdad casa y escuela de comunión para la misión, en palabras de Juan Pablo II. Es decir: que sean comunidades acogedoras, donde cada cual se encuentre como en su propia casa; comunidades de fe en torno a la palabra de Dios y a la eucaristía. Necesitamos, en fin, comunidades que vivan la caridad, la comunicación de bienes, la misión sin fronteras; comunidades donde todos se sientan co-responsables y comprometidos con la vida y misión de su parroquia.