Después de que el presidente Barack Obama expusiera la semana pasada su nueva estrategia en Afganistán, la conferencia de La Haya, convocada por la ONU, ha sido un buen ejercicio de consenso, pero de resultados problemáticos, para contribuir al esfuerzo económico de reconstrucción del país, casi ocho años después de la caída del régimen de los talibanes y cuando el recrudecimiento de las operaciones bélicas subraya los escasos progresos alcanzados. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, insistió en el diálogo con los talibanes supuestamente moderados, en busca de la reconciliación, y dejó bien sentado que Afganistán y Pakistán forman una indisoluble unidad geoestratégica que está sometida a la amenaza del extremismo islámico de Al Qaeda y su nebulosa del terror. El representante iraní en la conferencia mostró su disposición para cooperar con los proyectos de combatir el tráfico de drogas y reconstruir el país, pero advirtió de que las tropas extranjeras no servirán para instaurar la paz y la estabilidad.

La revisión estratégica y las ayudas para la reconstrucción prometidas en La Haya solo constituyen un modesto primer paso para que la guerra buena de Obama, sobre la que existen fuertes discrepancias en Washington, no se transforme en una nueva pesadilla militar. Del vocabulario de Clinton han desaparecido la arrogancia, pero esta ruptura clara con la época de Bush no será suficiente para vencer las reticencias dentro y fuera de EEUU.