La reunión del sábado del Comité Monetario y Financiero Internacional ha expuesto la necesidad de reformar el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) para que respondan a la realidad actual. La reivindicación de las potencias emergentes de tener más peso en ambas organizaciones apunta en esta dirección al igual que la exigencia de Estados Unidos de que, para la reforma --que apoya--, antes los países emergentes deben ajustar sus aportaciones al peso real de sus economías. Un principio que no cumple ninguno de los que reclama el cambio, especialmente China.

Aunque a los países de la Unión Europea incomoda la perspectiva de una revisión a medio plazo en el funcionamiento de las instituciones, lo cierto es que solo mediante la reforma del sistema es posible comprometer más a los países emergentes en el reparto de las cargas. El papel asignado al FMI en la cumbre del G-20 de Londres para superar la crisis, con la creación de un fondo especial de 800.000 millones de euros, hace indispensable esta apertura a las nuevas realidades. Es más dudoso, en cambio, que Estados Unidos y Europa deban exponer el sistema financiero internacional a los deseos de algunos países, que quieren que el FMI y el BM sean menos puntillosos en la exigencia de garantias para otorgar créditos y ayudas. El reparto durante el próximo medio año de 188.000 millones de euros a los países en peor situación requiere, por el contrario, que el control sea estricto.