Me ha costado hacerme el ánimo. Mis obligaciones diarias de estar aquí con vosotros, mi compromiso de construir cada mañana torres y castillos de arena en la playa de la Almadraba, algún viaje-excursión, mi obligada presencia en algunos conciertos o festejos a los que he sido invitado, iban demorando mi visita a la nueva Vía Verde. Así que, por el paseo marítimo de Pilar Coloma, he llegado hasta el Voramar, he cruzado el hermoso puente del Pontazgo y al llegar a las inmediaciones del legendario El Palasiet, que los Farnós mantienen con profesionalidad y elegancia, me he situado ante el antiguo apeadero del tren. Desaparecida la vía, comienza allí lo que los carteles anuncian como Vía Verde hasta Oropesa. Me he cruzado con algún ciclista, con pequeños grupitos de viandantes, pero quienes me han dado el empujón --moral-- para seguir adelante han sido el médico Pablo Prada y su esposa, Alicia Barceló. Suelen ser dos matrimonios los que participan en este tipo de actividades. Los Prada y los Roca, Luis y Mariló, de la Almadraba, pero estos, con un pie en reparación, convaleciente todavía el ex de El Capricho, han quedado solos Pablo y Alicia.

Seguir la Vía Verde es una excursión nueva que nos hemos encontrado quienes veraneamos por estos pagos. Varios túneles singulares, "frescos y umbrosos como una cava", como hubiera dicho Ignacio Agustí de haberlos visto, dan pie a una paredes de piedra viva, espectaculares, que se ven salpicados de vez en cuando por una vegetación de media montaña, donde predomina el pino con sus variantes. El mar, cercano, hace llegar su murmullo y al fondo se ve --o se adivina desde un recodo-- la bahía. He superado la altura de els canons, donde pescaban el médico y poeta Maximiano Alloza y el padre de los Casas en otro tiempo, y solamente me he atrevido a llegar hasta la primera Colomera. Durante el regreso he sentido sensaciones que no había experimentado antes, tal vez anhelando un piso empedrado como una vía romana o de un pueblo medieval, pero he redescubierto la magia de los túneles. A lo lejos, ya me ha parecido distinguir el olivo de nuestro jardín, aquel que plantó Amparo Fabra Gasset, cuando se apoderaba de ella la añoranza de haber sido reina de las fiestas de la Magdalena. Pero he cruzado delante de la verja de Villa Elisa sin querer mirar su interior para no ponerme de mal humor y he vuelto a desandar lo andado, con la presencia de varios barquitos de vivos colores en el fondo del mar, seguramente en formación desde la Escuela de Vela. Lo cierto es que la excursión es recomendable. Yo, si puedo, volveré y lo contaré de nuevo. Y es que esto mío es una forma de neurosis, una forma extraña de ver las cosas para poder contarlas después. André Maurois, un escritor muy leído a mediados del siglo XX, ahora menos, le preguntó a su médico si todos los escritores son unos neuróticos. Y el médico le contestó: Para ser más exactos, todos serían neuróticos si no fueran escritores. Y es que André Maurois, el normando que falleció en 1967, siempre me sugirió noticias y comentarios desde que dijo aquello de que es fácil hacerse admirar cuando se permanece innaccesible.

Especialista en la cultura británica, publicó libros de impacto como las biografías de Napoleón, Disraeli, Chateaubriant, Cristóbal Colón o los Tres Dumas.

Fue muy divulgado su Un arte de vivir y sus novelas Círculo de familia y El instinto de la felicidad.