Una vez más, Argentina vive sumida en un drama colectivo cuyo desenlace político está todavía por escribir. La súbita desaparición de Néstor Kirchner ha provocado tal reacción que parece que el difunto fuera el presidente de la República. Esta extraordinaria respuesta da la medida de la situación peculiar de Argentina bajo el matrimonio Kirchner. Al expresidente se le reconoce el enorme mérito de enderezar las finanzas de un país sumido en un enorme agujero negro, un país tan postrado que la frase acuñada en plena crisis pidiendo “que se vayan todos” reflejaba lo que parecía ser el único programa político.

A Kirchner también se le recordará por haber renovado un Tribunal Supremo corrupto y por reabrir los juicios contra los militares criminales de la dictadura y a quienes un presidente chulesco y acomodaticio como Carlos Menem había indultado. Kirchner era un verdadero animal político obsesionado por el poder, tanto que, con su mujer y actual presidenta, Cristina Fernández, había convertido la política en un sólido negocio familiar que él dirigía desde la sombra a la espera de volver en las elecciones del próximo 2011.

El peronismo, encuadrado en el Partido Justicialista que presidía el difunto, tiene varias familias casi siempre mal avenidas. Kirchner había alumbrado la suya, el kirchnerismo. No obstante, había conseguido ejercer un fuerte control sobre todo el movimiento. Fernández carece de esta fuerza, lo que abre muchos interrogantes. El primero, saber quién será el candidato peronista a la presidencia cuando falta un año escaso para las elecciones. Ahora es el momento del duelo y de las palabras de consuelo y pesar, pero no tardarán en alzarse los afilados cuchillos peronistas. La viuda podría aspirar a ser la candidata, pero no es nada seguro que, sin el aval de su marido, los buenos resultados económicos con previsiones de crecimiento del 8% le sirvan de gran cosa ante la jauría justicialista.

Con sus maneras personalistas, rayando en ocasiones en el caudillismo, Kirchner no profundizó en el reforzamiento de sólidas instituciones democráticas. Por eso, la sucesión puede desencadenar una guerra entre familias peronistas, que es lo último que el país necesita para salir adelante.