Alemania ha vuelto al nacionalismo. Sin dramatizar, es lo peor que le podía ocurrir a Europa. El nacionalismo siempre fue el cáncer de Alemania y estuvo en el inicio de las dos grandes guerras. Ahora es impensable que se repitan, pero no convendría olvidar que en el origen de la UE estuvo la idea de impedir, con un largo proceso de cesión de soberanías hacia una unión política y económica, que una confrontación continental fuera posible. Angela Merkel ha abdicado de la vocación de que Alemania fuera la locomotora de Europa. Las elecciones interiores le han cambiado la orientación. Ahora, cuando una crisis financiera está ahogando el bienestar, Alemania ha gritado que lo primero es su crecimiento y que los demás se ajusten.

La solidaridad ha dado paso al utilitarismo de cada país fuerte de Europa. El último retroceso es el cambio en la normativa Schengen, que establecía la libre circulación de personas por los países que habían firmado ese tratado. Si la defensa del euro conduce a la insolidaridad y el miedo a la inmigración incontrolada reactiva las fronteras, ¿qué queda de los valores y de los derechos de la Unión que soñamos? ¿Puede Europa prescindir de la solidaridad?

Los ciudadanos de Irlanda, Portugal y Grecia observan perplejos e indignados el trato que reciben de sus vecinos del norte; de ese eufemismo que llamamos mercados, materializados en las órdenes que reciben los gobiernos y modifican las condiciones de vida de sus ciudadanos. El euroescepticismo que siempre existió puede dar paso a un rechazo de la idea de una Europa unida. Es cierto que fuera del euro debe hacer un frío que congela, pero si el euro nos abrasa la elección será complicada. H