Hay cosas que no se sabe para qué sirven, al menos para el común de los mortales. Este es el caso de la filosofía. “No se puede vivir de la filosofía --repetía yo a mis alumnos--, aunque tampoco se puede vivir sin una filosofía”.

Es cierto, pero no exclusivo. Y, a veces, proposición tan simple no se entiende, probablemente por aquello que dice Rubert de Ventós: “Quien lo entiende todo... es que está mal informado”. Pues la filosofía, como anteriormente había afirmado Heidegger, “enseña lo principiante que es el hombre”, ya que filosofar, al fin y al cabo, no es más que ser un principiante. Y es eso lo que somos, principiantes, pese a que creemos, ingenuamente, que representamos algo más.

La filosofía tiene la ventaja --y la desventaja-- de recorrer caminos que, con frecuencia, todavía no existen o están inexplorados o que tantos otros han transitado sin saberlo o sin pretensión de averiguarlo. Y, lo más grave, en su largo caminar plantea preguntas sin ofrecer respuestas... a veces. Está, pues, a medio camino entre la sabiduría y la ignorancia, entre el ser y la nada. Por ello, para su acceso hay que traspasar una puerta angosta y baja con la conciencia de que penetrar en su recinto exige inclinar la cabeza en un acto de humildad. Humildad que no significa cobardía, sino, en muchas ocasiones, sensatez y prudencia. “Quien se humilla será ensalzado”, dice la sentencia evangélica. Aunque la virtud, como sostenía Aristóteles, está en el término medio.

Por aquella razón, hay escasez de filósofos verdaderos en este mundo y, en cambio, sobran personas que pretenden estar en posesión de la verdad; narcisos que contemplan su imagen reflejada en el agua sin pensar que las ondas de un simple guijarro arrojado a su superficie es capaz de borrarla en un instante. No se aperciben, probablemente, de la vulnerabilidad de nuestro mundo y de nuestro ser.

Ya sabemos, como sentenciaba Einstein, que “lo más incomprensible de este universo es que sea comprensible”, lo cual puede aplicarse a buena parte de la filosofía. Pero, resulta innegable, quiérase o no, que nuestro mundo está inmerso en una filosofía. Porque, hablar de ella es reflexionar sobre la existencia, los orígenes, el amor, el lenguaje, la muerte, la verdad, Dios… H