Querido lector, es evidente que el título de este artículo es algo fuerte e inhabitual. Sin duda. No obstante viene al caso porque la semana pasada el secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, manifestó en una entrevista que el Gobierno de Mariano Rajoy, el del PP, está cometiendo un grave fraude de democrático al estar gobernando con un programa electoral que no fue con el que se presentó a las elecciones generales. Por ello, el líder sindical ha solicitado que se convoque un referéndum y se compruebe si Rajoy tiene la confianza de la sociedad, máxime después de la lamentable ceremonia de la confusión organizada por el ejecutivo en torno al rescate europeo de la banca española. Pero, ojo, si me atrevo con un titular tan discutible, al fin y al cabo a Rajoy le ha votado el pueblo en una elecciones sin nada que pueda cuestionar su legitimidad democrática, es porque en estos últimos tiempos y en la línea de lo planteado por Toxo han opinado algunas personas más. Por ejemplo: no hace mucho, en un artículo periodístico el escritor Javier Marías le recordaba a Rajoy que está tomando decisiones que dijo que no tomaría y, como consecuencia, está deslegitimado para romper por su cuenta el contrato o pacto social de cuidar los poderes y las competencias de un modelo de Estado, el de bienestar, que debe igualar a los ciudadanos y proteger a los más débiles. En última instancia y para no hacer interminable la lista de quienes consideran que ganar unas elecciones no es recibir una carta en blanco para hacer lo que se le antoja a un presidente, solo quiero recordar que por ahí, por internet, pulula una carta de un profesor de la Universidad de Sevilla en la que después de acusar a Rajoy de ignorante y mentiroso, le aconseja que se vaya camino del exilio. Por cierto, le recomienda el Berlín de Angela Merkel.

Querido lector, reconozco que este tipo de historias no me extrañan. El día 28 de diciembre del 2012, en este mismo periódico y bajo el título de “Desvirtuar la democracia”, señalaba que con la crisis se observaba que las instituciones europeas, por ejemplo, cedían poder o la facultad de decidir a otras cosas no democráticas. Así, es público y notorio que Merkel y Nicolas Sarkozy han pasado en más de una ocasión, del gobierno de Europa (Comisión, Consejo, Barroso, los comisarios, el Parlamento, etc.) y han representado los intereses de la banca alemana y francesa. O peor aún, todo el mundo sabe los nombres de los presidentes de Grecia, Italia o del Banco Central han surgido de boca de los grupos financieros y de las presiones de las agencias de riesgo. Incluso, en mi artículo, mencionaba que en España y en la últimas elecciones generales hemos visto formas más sutiles de debilitar al sistema: Mas y CiU no anunciaron los recortes y copagos que ahora aplican, Rajoy se paseó por España hablando del PSOE pero nunca aclaró lo que iba a hacer con el Estado de bienestar, el mercado laboral, etc.

Querido lector, en nuestro caso, el de España, la conclusión parece sencilla: algunos, en las campañas electorales no son valientes ni sinceros, actitud que nada tiene que ver con la confianza que debe ganar un hombre o una mujer al explicar su propuesta. Tal vez, digo yo, porque hay crisis y tienen miedo a decir la verdad que, a lo mejor, los dejaría en la oposición. Tal vez, porque prefieren el poder a la honorabilidad y la legitimidad de todas sus acciones. Tal vez, porque las elecciones, desgraciadamente, se están convirtiendo en algo religioso, en un acto de fe donde no hay necesidad de explicar ni demostrar nada, donde eso que ahora llaman la marca y la imagen importan más que el proyecto y el compromiso de los candidatos. Razones, todas ellas que, ciertamente, hablan de deterioro y de fraude democrático y electoral. H