El domingo 8 de julio celebramos la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico. Es una invitación a fijar nuestra atención en el significado y la importancia de la conducción, así como en la urgente necesidad de esmerar nuestra prudencia. No podemos, en efecto, ignorar que nuestras imprudencias pueden causar desgracias. A este respecto, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes, dice: “Algunos subestiman ciertas normas de la vida social, por ejemplo, las referentes a las normas de vialidad, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo”.

Circular en automóvil, motocicleta o bicicleta, o transitar a pie por la carretera o la calle, es un derecho legítimo, y, en ocasiones, hasta necesario. El vehículo es un instrumento de trabajo y de esparcimiento. Pero esa acción, buena en sí y que persigue también un fin bueno, se ve afectada, si no se respetan las normas, por una serie de riesgos que implican poner en juego las vidas y los bienes de distintas personas, incluidos los propios. Y de todos ellos, evidentemente, es responsable el hombre.

El factor humano lo abarca todo. La vialidad supone la existencia de tres importantes elementos: el hombre, el vehículo y la vía, sea la carretera o la calle. Sin embargo, el ámbito humano penetra absolutamente todo, ya que el estado de las carreteras, las condiciones mecánicas del vehículo y el cumplimiento de las normas de circulación dependen de la actuación humana.

Ahora bien, conductores y peatones tenemos por igual sagrados deberes que cumplir al circular o transitar por la vía pública. Y decimos sagrados, porque su fin es la protección de la vida humana..

La persona humana es el engranaje fundamental en el tráfico. Peatones y conductores debemos tener en cuenta que si el vehículo es de uno, la carretera y la calle son de todos.

En los próximos días se van a multiplicar los vehículos en nuestras carreteras por los desplazamientos veraniegos. Recordemos siempre el valor sagrado de la vida de toda persona humana. Que no sea el temor a la multa, sino el amor a la vida propia y a la de los demás, lo que nos impulse a una conducción y a un uso de la vía pública responsable y respetuosa con las normas. H