Un excursionista no es forzosamente un alpinista ni un escalador. La atracción creciente por la montaña provoca muchos problemas y algunas situaciones lamentables que a veces terminan en la muerte.

El excursionista no es una persona que tiene como objetivo batir récords ni desafiar las circunstancias más difíciles. Yo entiendo muy bien a estas personas que se van a explorar un terreno sugestivo, caminando, y se sienten activas y felices. No buscan el riesgo, sino un esfuerzo que proporciona satisfacción. No se trata de luchar contra la naturaleza, sino de pactar amistosamente con ella.

El excursionista conoce los límites de su proyecto, a escala humana. Pero pienso que la publicidad creciente de proezas alpinísticas, sin duda meritorias, está influyendo negativamente en personas que no están adecuadamente preparadas, ni psicológica ni técnicamente. A la alta montaña no se puede ir como si fuéramos a la fuente. Hay que tener unos conocimientos del territorio y un equipamiento que permita superar problemas y adversidades.

A menudo se divulgan informaciones sobre récords conseguidos en un enfrentamiento con cumbres montañosas. Pero nadie sube por terrenos difíciles, y a menudo desconocidos, con las manos en el bolsillo. ¿He dicho nadie? Lamentablemente no es así. Es un instinto humano intentar poner a prueba, a veces, las propias fuerzas. Gracias a esta incitación se ha progresado en muy diversos campos, y así ha evolucionado la especie humana. Pero una cosa es nuestra especie y otra cada uno de los individuos que la forman. No todos estamos igualmente dotados. En el mundo del alpinismo la conciencia de los propios límites debe imponerse sobre la pasión.

“Tenemos que ir más allá” puede ser un buen lema. Siempre que sepamos dónde está la barrera de nuestro personal “más allá”. Modesto andarín, nunca se me ha ocurrido salir al camino cuando diluviaba y relampagueaba. H

*Escritor