Querido lector:

La figura de Carlos Fabra ha desatado y sigue desatando pasiones y odios en Castellón. Pero pasiones y odios de los de verdad en una gradación que ha ido desde la adhesión más inquebrantable con fidelidad casi religiosa, pasando por el gris de la adulación por conveniencia política o económica por aquello de arrimarse a la sombra que mejor cobija, o porque “el sistema así estaba dispuesto”... hasta el odio más visceral pasando por el temor o la rivalidad política o atravesando el tamiz del gris del argumentario del pero “siempre ha defendido a Castellón”. Estas gradaciones y miles de casuísticas más, tantas como castellonenses existen, ha desatado y desata el hombre que más ha influido en la vida política, económica y social de Castellón en los últimos 25 años.

Y hoy, cuando ya es de conocimiento generalizado la sentencia que lo condena a cuatro años de prisión por delitos fiscales (fraude por encima de 120.0000 euros por ejercicio fiscal), y que lo absuelve de los delitos de corrupción (cohecho y tráfico de influencias), tras más de una década de polémica actualidad casi diaria de su caso judicial y de su inevitable influencia en el devenir político y económico castellonense, su figura, su controversia, su actualidad y su destino aún van a desatar más odios y pasiones, aunque ya de estas últimas bastantes menos.

El tiempo no pasa en balde, y menos el tiempo con la ausencia de poder. Un hecho que el propio Fabra ha experimentado en sus carnes en los últimos dos años y un hecho que políticamente se escenificaba ayer mismo como algo irrefutable. No es lo mismo esta condena ahora que hace unos años. Su propio partido, desapasionado, daba por descontado el fallo judicial y su repercusión y hasta los partidos de la oposición ayer no sabían dónde cogerse para aprovechar el supuesto filón.

La figura de Carlos Fabra va ya en declive y, aunque aún dé sombra porque quedan recursos y apelaciones, cada vez será menos alargada. Hoy lo ha sido, pero pasado mañana se irá apagando y su fatuidad se evidenciará. Así es la política y así es la historia. Inevitable.