Hojeando el periódico, me he encontrado con las páginas dedicadas al mundo del automóvil. Cada día me sorprende el espacio que ocupa la publicidad automovilística. Con unas frases, o eslóganes, francamente gloriosos: “Renovación estética”, “Máximo equipamiento”, “Una nueva generación de...”, “Lujo familiar”...

Me suena como una reivindicación del derecho al lujo y un estímulo para el orgullo. No tengo nada que decir. Lo curioso es que el automóvil debe ser uno de los objetos que en cuanto se compran bajan notablemente de precio si a continuación se quieren poner en venta. De joven, yo tuve un automóvil rarísimo que tenía una carrocería de madera. Y si dejaba de apretar el pedal, el motor no hacía ninguna retención, el coche seguía corriendo. Los amigos que vendían coches modernos no se lo creían.

Yo utilizo, todavía, un coche que tiene 25 años y sospecho que moriré antes que él. Su sobriedad de complementos desconcierta a los amigos que suben a él: “Pero este coche no tiene ni esto, ni lo otro...” Lo único que tiene mi viejo automóvil es una rayada en una de las puertas, que quizá me hizo alguien cuando lo tenía aparcado. Ya debe de hacer tiempo de eso. Y reconozco también que el vehículo suele estar sucio. Íntimamente siempre me excuso: “Pero si tampoco me repinto yo...” H

*Escritor