Hugo Chávez nunca consintió una oposición organizada y eficaz, pero la toleró a su manera, en un intento de mostrar al mundo que Venezuela era un país democrático. Su sucesor, carente de las armas dialécticas del caudillo extinto, no tiene otras para defender aquel legado que la represión pura y dura. El último ejemplo -y más atrevido- es la detención, hace unos días, del alcalde de Caracas, el opositor Antonio Ledezma, acusado de conspiración.

Cerca de la mitad de los alcaldes de la oposición están pendientes de juicio. Leopoldo López, uno de los principales líderes antichavistas, lleva un año en la cárcel. El Gobierno ha dado autorización al Ejército para que use las armas contra los manifestantes. La libertad de prensa es cada día más escasa. Esta escalada represora corre paralela al gravísimo deterioro de la situación económica. En menos de dos años, Nicolás Maduro ha dilapidado la escasa herencia que dejó Chávez. La caída del precio del petróleo ha sido un duro golpe para una economía débil, pero la incompetencia del actual presidente no ha hecho más que colocar al país en una situación de precariedad. La oposición nunca se ha distinguido por su unidad y buen criterio, pero ahora es el momento de que presente un frente unido contra las arbitrariedades del Gobierno.