Parece que hay luz al final del túnel de la crisis, solo que no brilla con la misma intensidad para todos. El saldo de estos 10 años ya puede calcularse y los números no salen bien para los trabajadores. Y, dentro de esta clase, las mujeres son las peor paradas. La brecha salarial se ha incrementado, también la proporción de paradas. La temporalidad y la parcialidad son femeninas. Y ha disminuido la proporción de directivas. Según un estudio de Oxfam, el 14% de la diferencia entre lo que cobra un hombre y una mujer solo puede atribuirse a la «discriminación directa o indirecta por razón de género».

La crisis sacudió al sistema socioeconómico, pero la desigualdad de género ha permanecido. Incluso ha empeorado. Los recortes en políticas públicas han relegado a más mujeres al papel tradicional de cuidadoras. En todo el rosario de cifras negativas, hay un dato positivo: hoy hay más mujeres trabajando o dispuestas a trabajar que en el 2008. También la digitalización o el teletrabajo pueden acabar reduciendo las brechas de género. Pero nada de eso servirá realmente si no hay un cambio en las reglas de juego y la igualdad se impone en todos los ámbitos de la sociedad, también en los despachos. La discriminación laboral es una injusticia, lastra la productividad y enquista el machismo, el germen de una violencia estructural que cada semana se cobra nuevas víctimas. Cuesta creer en la recuperación económica cuando la crisis sigue instalada en el rostro de las mujeres.