Anoche soñé que estaba despierto; hoy me he despertado creyendo que estaba soñando. Sueño y vigilia se entrecruzan en mi memoria. Vienen a mi mente contradicciones y, como dice el romance, «ni sé cuándo es de noche ni cuándo los días son». ¿Tendría razón Segismundo cuando decía aquello de que «toda la vida es sueño,/y los sueños, sueños son…»? Quizá, quizá…

Sin duda este confinamiento y este continuo hablar del maligno virus nos ha afectado, aun sin querer, pues aparecen casos cada día, junto también a curaciones, brotes y rebrotes que no cesan, incluso datos estadísticos que no cuadran, probablemente por las dificultades inherentes y por aquello de que, irónicamente, hablaban algunos: hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas, que no creo sea este el caso.

Pero lo que más me quita el sueño y distorsiona mi vigilia es constatar la ineducación, incultura, o incivismo de ciertas personas y grupos que, contraviniendo las más elementales normas de convivencia, quieren ignorar el daño que pueden causar a los ciudadanos. Vemos gentes sin distancia física, celebraciones, trabajadores en condiciones ínfimas pero óptimas para el contagio… Y esto no es un sueño, es pura vigilia y carencia de educación.

Puede reflexionar el lector sobre el diálogo de Babieca y Rocinante en El Quijote y aplicármelo ahora. «Metafísico estáis», a lo que responde el segundo: «Es que no duermo».

*Escritor