Los televidentes están acostumbrados a que cualquier canal de televisión dedique cerca de 5 minutos a las mechas de un futbolista de moda y apenas unos segundos a una noticia de calado social vinculada a la salud mental. En ocasiones, el tiempo informativo se alarga a la categoría de minutos si detrás se esconde el titular de un suceso cuyo protagonista resulta ser un enfermo mental. Un protagonismo que se bautiza, por lo general, otorgando al enfermo el rol ejecutor de algún tipo de tropelía o la responsabilidad de un delito.

Pero hace unos días, en todos los canales generalistas, salió a la luz una noticia vinculada de alguna manera a la salud mental, con el protagonismo de un enfermo que por fortuna no era el responsable, sino que curiosamente era la víctima.

Se trataba de un adolescente que padecía trastorno del espectro autista, una enfermedad relacionada con el desarrollo del cerebro y que afecta a la manera en la que una persona percibe y socializa con las demás, lo que causa problemas en la interacción social y la comunicación. Esto desemboca, en no pocas ocasiones, en un caldo de cultivo perfecto para el agravio y la ofensa, sobre todo en contextos grupales y heterogéneos como los centros escolares. Un ejemplo de lo que hoy se conoce como bullying o acoso escolar.

El joven fue apaleado sin escrúpulos y con alevosía por sus compañeros de instituto que, entre risas y teléfono en mano, grababan semejante ataque con la asquerosa intención de hacerlo viral en las redes sociales y así, multiplicar la mofa exponencialmente entre otros de igual o peor calaña.

Se trataba de un grupo de matones con acné que no soportaban la diferencia, que se reían a carcajadas y a empujones de la mirada de alguien que no enfoca a su interlocutor, que camina a su aire o que para sentirse cómodo con sus emociones sólo habla cuando tiene algo que decir.

Las personas con diversidad mental, sea cual fuere su diagnóstico deciden por sí solas cuándo ser felices y con qué. Recorren su mundo particular, por culpa de terceros, a bordo de un barco de papel y todo esto molesta, no se tolera e incluso se apalea.

La sinrazón en salud mental tiene onda expansiva. Dependiendo del tipo de patología y la manifestación pública de sus síntomas, se puede asomar un grado u otro de tolerancia social.

El papel del psicólogo escolar tiene que convertirse en un acelerador de nuevas canteras de empatía. Su desempeño pedagógico no debe limitarse a dar solamente la clase de ética a aquellos alumnos o alumnas que no hayan escogido religión.

El profesorado en general ha de actuar como un amplificador de esperanzas objetivas ajenas a falsas ilusiones. Su deber no debe confundirse con la complacencia de los padres o tutores pues ese estilo de enseñanza puede pecar de falta de sinceridad y profundidad.

Ayudar al grupo a comunicarse y aprender modos más saludables para resolver conflictos es la primera unidad didáctica de la inclusión a corto, medio y largo plazo.

El estigma, como los prejuicios, son como las heces; se empeñan en quedarse pegadas, por lo que la comunidad escolar y, sobre todo, la administración deben estar alerta ante semejantes injusticias y hacer suyo el lema Auctoritas y Potestas que significa «Autoridad y Potestad», para poner freno a semejantes desmanes impropios de una educación inclusiva.

Si esto sucede es porque las observaciones del colectivo escolar jamás pasaron de su almacenamiento en un cajón.

La sensación que debe sentir un adolescente cuando se burlan a su costa, es como si lo fusilaran con balas de fogueo. Unas balas cargadas con la pólvora de la tentativa suicida en los más jóvenes.

A quien no le afecta el sufrimiento de los demás no merece llamarse humano. No se pueden normalizar los prejuicios. H

*AFDEM