La historia que voy a narrar tuvo el poder, durante bastantes años, de dejarme sin aliento mientras, alrededor de una mesa redonda, un hombre de mar la narraba despacito y con un deje de misterio. Sucedía esta historia, según él, en el mismísimo Grau de Castelló, de donde él era originario, y todos la conocían y hacían poca broma con ella. Hay ciertas cosas, apuntillaba, de las que uno no se puede reír y, mucho menos dudar porque te pueden perseguir.

La historia versaba sobre una linda niña que iba al colegio todos los días muy bien peinada. «Què bé et pentina ta mare!» comentaban todos. Ella, cada día, llegaba orgullosa con una coleta, dos trenzas, un topo y recibía las alabanzas de los allí presentes. Un día, la madre de la niña murió y se quedó huérfana. Pasaron el vetlatori, el soterrar y tocó volver otra vez a escuela. Y cual fue la sorpresa cuando la pequeña entró en clase en su regreso con un recogido de lo más bonito que se recuerda. «Xiqueta, això t’ho ha fet ton pare?», le preguntaron. «No, m’ho ha fet ma mare» dijo ella tranquilamente. Estupefactas, las personas presentes no dijeron nada. «Pobreta, encara no s’ha adonat que sa mare ha mort», comentaban a sus espaldas.

Pero fueron pasando los días y uno tras de otro aparecía la pequeña igual que antaño. Inquietos, los vecinos decidieron clarificar la situación. «Si és ta mare qui et pentina, que deixe una senyal», le dijeron. Al día siguiente, obtuvieron la respuesta. «Diu ma mare que ella vos deixarà una senyal», contestó la niña. Y así fue.

Todavía hay quien se estremece al recordar lo que le narraron sus ancestros entre susurros. Todavía hay quien no quiere nombrarlo --como si por ello pudiera volver a ser realidad-- pero lo que encontraron como señal jamás lo olvidarán. Sobre el tocador en el que cada día la madre peinaba a la niña se podían ver cepillos, agujas para el pelo, agua de colonia y cintas de colores. Pero, lo que predominaba era la marca negra, como incrustada a fuego, de una mano humana de mujer todavía humeante.

Periodista