Al buen amigo Pepe Beltrán, compañero de tantas singladuras de rotativa, devoto del dúo gonadotrófico.

A la hora de hablar de testículos ilustres, pocos podrán llegar a la altura de haber ocupado la llamada sedia stercoraria. Este sitial, de uso pluralmente secular, del que se choteaba Quevedo, hoy conservado en los Museos Vaticanos, presenta una particularidad muy semblante a la de las tapas agujereadas de los retretes (a mí me gusta más utilizar esta forma castiza que el anglicismo wáter). Pues bien, sobre ella colocaba sus bienaventuradas posaderas el recién votado papa, antes de ser presentado en sociedad, a fin de que el miembro más joven del colegio cardenalicio le palpase, por debajo del orificio de la tabla, sus no menos sacrosantos testículos y declarase en voz alta, a la concurrencia electora de príncipes de la iglesia, que «Testes habet et bene pendentes» (tiene testículos y cuelgan bien).

De este modo se ratificaba la masculinidad del electo supremo pontífice, declaración a la que contestaba «Deo gratias» el coro circundante de purpurados, como alegato de beneplácito. Hay referencias de que esta prueba fue abolida por el papa Adriano VI, en 1523 pero, por contra, un grabado de Lawrence Banka, aún muestra su aplicación al papa Inocencio X en 1644. La razón de este uso no presenta un acuerdo unánime entre los historiadores, pues los hay que opinan que simplemente podría utilizarse como soporte de la pontifical bacinilla excrementicia (de ahí el nombre de estercoraria, que tiene la misma raíz de estiércol), como reglamentación de un texto del Levítico u otro del Apocalipsis, o de la evitación de que se colase una fémina en el cónclave, como fue el caso de la papisa Juana. Pero ésta es otra historia.

Cronista oficial de Castelló