Alfredo tiene que visitar el próximo mes el departamento autonómico que le otorgará, si es merecedor, el grado de discapacidad que le corresponde en calidad de persona con trastorno mental grave. No es la primera vez que visita la sede de evaluación. En esta ocasión lo hace por imperativo legal, en calidad de revisión periódica y con la amenaza de perder una ridícula prestación en caso de no asistir a la cita.

Su diagnóstico es de esos que aún se nombran en voz baja: esquizofrenia paranoide. Cualquier especialista en salud mental sabe que la esquizofrenia y los trastornos paranoides son patologías crónicas, ese tipo de enfermedades que no se curan, se tratan. A pesar de la cronicidad, la administración se empeña en revisar la discapacidad regularmente, lo que conlleva un grado de incertidumbre insoportable para el afectado, que además de impotencia, incredulidad y resignación suma el miedo a que un funcionario definido como tribunal dude de su enfermedad y lo despersonalice.

Las consecuencias de padecer una patología esquizoide son, entre otras, la restricción en las actividades cotidianas, con sus efectos en los contactos sociales, así como en la capacidad para desempeñar una tarea laboral normalizada. Alfredo está más que tentado en no acudir. Está demasiado agotado para responder a las mismas preguntas y cargar con una incertidumbre demasiado pesada. Siempre después de comparecer ante una revisión se manifiestan en Alfredo sensaciones de intranquilidad.

Sus pensamientos tienen forma de preguntas: «¿habré contestado bien? Yo pensaba que lo que me pasa, mis delirios, escuchar voces, la falta de interactividad con los demás, mi angustia a la hora de trabajar, el consumo prolongado de psicofármacos… eran consecuencia de algo grave, ¿acaso puede remitir cada año? ¿Se darán cuenta de que lo que me ocurre es real o tendré que exagerar o esconderlo? ¿Si conocen la medicación que consumo, por qué se obcecan en interrogarme? Si saben que no tengo otros ingresos ¿por qué me intimidan con una revisión? ¿¡Qué quieren saber!? ¡Déjenme en paz con mi sufrimiento! ¡Si quieren ayudarme, ayúdenme, pero no me martiricen, no me obliguen a desnudar mi intimidad!».

Alfredo entiende que no vale la pena pasar ese mal trago por una prestación económica que apenas le da para tabaco y una tarjeta con descuento para viajar en tren. Su decisión pone en jaque a sus padres, que ya mayores, temen por el futuro de su hijo. Aunque la ayuda económica sea ridícula, le da una falsa independencia y alivia el coste en la farmacia. Dada la rebeldía, los padres visitan el centro de día donde Alfredo pasa buena parte de su rutina vital, e imploran a los trabajadores que convenzan a Alfredo para que asista a la revisión.

La víspera de la citación, Alfredo está en el huerto del centro de día, y un trabajador le sugiere que le acompañe al despacho, con la disculpa de que quería hablar con él de un tema que le han comentado sus padres. El trabajador cualificado del centro intenta persuadir sin éxito la decisión de Alfredo, indicándole que debe tener muy presente que la asistencia a la inspección médica es obligatoria. No presentarse acarrearía la suspensión de la prestación, y si en el plazo de cuatro días no se justifica la falta de asistencia, supondría la extinción definitiva de la ayuda. «Si te quitan la prestación, ¿qué será de ti? Piénsalo bien, haz caso a tus padres, no seas desobediente…».

--¿Para eso me llamas? Tanta cualificación para decirme algo que sé desde hace años --contestó Alfredo--. Recuerdo que el otro día me encontraba mal, busqué tu auxilio profesional y lo único que hiciste fue mandarme a casa. Pues ahora me voy del centro de manera definitiva. Todos formáis parte del sistema, en lugar de facilitar una calidad de vida acorde con las necesidades del afecto os aferráis a puestos de trabajo que jamás serán evaluados por los usuarios.

Y así acabó la historia del rebelde sin pausa. Después de una segunda citación para la revisión del tribunal médico, decidió asistir. Tenía memorizadas las respuestas, para acabar cuanto antes. Pero lo que realmente le motivó a pasar por el aro es que había subido el precio del tabaco.

*AFDEM