Querido/a lector/a, el viernes pasado y en este rincón escribí un corto en el que, bajo el título de Hipocresía, critiqué la actitud que ante los indultos a la presos del procés mantiene la derecha política y social, y Aznar en concreto. Hipocresía porque critica, ahora, lo mismo que ayer hacía Aznar cuando acercaba presos de ETA a las cárceles de Euskadi o indultaba militantes independentistas de Terra Lliure condenados por pertenecer a banda armada. Hipocresía, en definitiva, porque aunque se disfrace de patriota, lo único que le interesa a esa derecha es su ombligo: restar votos al Gobierno y ocupar el poder político.

La cuestión es que, desde el viernes pasado, un grupo de adeptos de esa derecha de siempre me ponen a parir a través de las redes. No me extraña porque, dicho sea de paso, no es la primera vez. Pero hablo de la derecha de siempre porque la historia denuncia que no evoluciona y siempre ha sido cuerpo y alma de un liberalismo autoritario, poco democrático, antieuropeo, controlador (con la ayuda de la cúpula de la iglesia) de la moralidad pública y, sobre todo y para peor, contrario al pacto interclasista que fundamenta el Estado moderno, social y de derecho. Una derecha que aún hoy rechaza la obligación de adecuar la Constitución a la nueva realidad política, económica y social, a las necesidades de las nuevas generaciones. Una derecha que en las Cortes Generales, en las cámaras de la soberanía nacional, vota en contra de todos la avances que en materia de derechos civiles y sociales se han presentado. Una derecha que sigue acuchillando la esencia de la democracia cuando rechaza el diálogo y el pacto (aunque se mueran mas de 100.000 ciudadanos ) y no acepta reconocer al otro con su diferencia, sea un individuo, un partido o un gobierno democrático. Una derecha, la nuestra, que es el eterno mal de nuestra patria.

Analista político