Fue observar, aprender y quedar gratamente sorprendidos en este Castelló del Riu Sec. En los semanales y matinales paseos por el humedal de nuestro término municipal tropezamos con Bernat Mestre Ros --nombre y apellidos cambiados por respeto a la privacidad de la persona--. Bernat pertenece a una familia de raigambre campesina, y desde hace ya varios lustros se gana el sustento mediante lo que denominamos agricultura ecológica y alternativa. Ardua y noble tarea que no aporta una excesiva compensación económica. Claro, vecinos, que a estos campesinos hasta la médula los mueve más la fuerza de sus convicciones que los intereses económicos. Bernat, digo, trabaja un montón de hanegadas heredadas en lo que otrora fueran arrozales. Es por donde la parte central de nuestra Marjalería, la más honda y frágil a un tiro de piedra del cauce del Riu Sec, que por esos lindes se viste del verde intenso del cañaveral. En los terrenos de su propiedad se rastrean todavía las antiguas tablas donde se sembraba el arroz; rodeadas esas tablas de zanjas que regulaban la desecación e inundación de los campos del cereal tres veces al año. También en sus propiedades brota el agua en nacimientos o ullals como aquí los denominamos. Garantizan la humedad y el agua en los terrenos: en alguno de esos ullals brota el agua casi todo el año; en otros aparece de forma intensa tras las conocidas lluvias otoñales en la costa Mediterránea.

A Bernat se le compra una docena de huevos de unas gallinas sin corral, que se alimentan de gusanillos, babosas y caracoles, y limpian de insectos la lechuga que se sembró. A Bernat se le insinúa el tema de la proliferación constructiva y, aunque de su natural reposado y reflexivo, contesta sudoroso con la rapidez del rayo: «Quan es va llevar l’arrós, es va dir sempre que la utilització dels camp havia de ser agrícola». Y de inmediato nos recuerda que él conserva la lligona xarcullera que heredó de su padre. Entre sus aperos descubre uno la azada de ancha hoja y mango largo con la que se limpiaban zanjas y acequias por donde discurría el agua, y se evitaba lo peor.

Cuando la conversación giró sobre la construcción desordenada en el humedal, Bernat comentó con sinceridad cómo se habían cubierto con escombros las zanjas reguladoras de las antiguas tablas, cómo algunos de ellos habían ganado el salario de unos días, inyectando cemento en forma de pilares en el terreno sobre los cuales se cimentaría el futuro chalet con una planta; sabido es que a escasos metros del suelo está la turba. Los pilares funcionaban y funcionan como un especie de palafitos prehistóricos.

Y el final de la letanía fue y ahora qué, ante el principal problema del Plan General, previsto para Castelló del Riu Sec, tan maltratado por un mal llamado urbanismo. Porque para eliminar las aguas residuales de las casas es inapropiado un profundo emisor submarino que las lleve al mar a una profundidad considerable. Pondría en peligro las banderas azules. La cloración de las acequias acabaría con la fauna y la flora que nos queda en nuestro antiguo humedal. Depurar las aguas mediante el movimiento entre senill o carrizo en balsas, plantea el problema del nivel del humedal y de las aguas en dichas balsas. Desviar las aguas a una depuradora, supondrá un gasto ingente en bombeo. Todo muy difícil y costoso, nos comentaba un ingeniero agrícola, buen conocedor del término municipal de nuestra patria chica. Solo podemos desear y esperar sensatez. El humedal es inundable y los cambios climáticos evidentes. Nadie en su sano juicio querría ver, entre nuestros vecinos que viven de forma permanente en el Quadro, un cuadro de desolación y llanto.