Querido/a lector/a, es evidente que, en general, el mes de septiembre suele representar el principio de algo o, por así decirlo, el volver a comenzar tras las vacaciones. Tan cierto que el estudiante retorna a las aulas, el trabajador se reintegra a su trabajo y el político vuelve al Parlamento, allí donde en una democracia se controla al gobierno, se elaboran y aprueban los presupuestos, se debaten los temas que afectan a nuestras tierras y gentes...

Pero, sí para un ciudadano o para un trabajo normal, el volver a emprender es, o debería ser, la apertura de un proceso de esperanza e ilusión que permite corregir los errores constatados en el pasado y abrir nuevas vías que mejoren las soluciones a los problemas presentes, en el caso del ejercicio de la política (al menos en la España actual) todo indica que el futuro no va a caminar por esa senda de lógica racionalidad. Y lo digo porque si bien es cierto que algunos aspectos de la política del Gobierno son mejorables, sin duda alguna, la estrategia del PP, de la oposición, de Pablo Casado, no busca presentar una alternativa crítica con un programa de gobierno sensato, adaptado a la realidad y útil al interés social. Más bien al contrario, parece que seguirá con la pericia de intentar debilitar al Gobierno desde el ejercicio de una oposición muy poco fecunda por ser estridente, permanente y contra todo.

Por eso estoy convencido de que comienza un curso político en el que por ese estilo de oposición que tenemos y sufrimos, seguiremos lejos de visualizar la política como una actividad inteligente que delibera, aprende y sirve para mejorar. O peor aún, seguiremos también, y por los mismos motivos, lejos de entender la democracia como un sistema que, aunque está concebido para vivir en discrepancia, muchas veces reclama diálogo y acuerdos para avanzar o producir cambios en la realidad social.

Analista político