Con la rentrée, las encuestas coinciden en el desgaste del PSOE capitaneado por Pedro Sánchez. En España, el paisanaje siempre fue proclive al suspiro por el mito y, merced la genética, a una irrefrenable indulgencia ante la picaresca en cualquiera de sus versiones. «Es que lo llevamos en la sangre» asevera mi vecino Pepe, sabio de la vida y descreído de cuanto ve y oye, leer le cuesta. Pero claro, los españoles no son tontos. Tras tanto ejercicio circense, mediando conejos saliendo de saduceas chisteras, la realidad es tan tozuda que el nuevo predicador mediático Pablo Iglesias ha roto el silencio de la reinvención en el intento de advertir que, ahora más que nunca, es momento de estrechar los lazos que permitieron que él y la madre de sus hijos tuvieran silla en el Consejo de Ministros. Sobre Iglesias pueden caber diversas definiciones, la de tonto no. El hombre, metido a fondo en la harina de la comunicación millonaria, hace una llamada de atención, no exenta de inquietud, animando a preservar la inicial fraternidad que lleva tiempo desquebrajándose en el seno del Gobierno más estrambótico que se recuerde en época democrática, aparte del Frente Popular de la fenecida II República.

Un ejecutivo lábil apoyado desde fuera por opciones de diverso pelaje, en las que encontramos a separatistas que son declarados enemigos de la unidad nacional y siglas que desde la herriko taberna, además de la vía pública, comparten ilusiones con los tipejos que practicaron el crimen organizado. Encima, llegó el verano y la estocada de la luz que no hay manera de reconducir. Así las cosas la demoscopia está que arde y el ejército de asesores de La Moncloa, me cuenta un colega de Madrid, estos días está desbocado.

Mientras redacto estas líneas el exministro Ábalos debuta en la televisión con su primera entrevista tras ser cesado por el que fuere su hermano en la amistad, Pedro Sánchez. Nada me sorprende de cuanto oigo, incluso alguna lindeza. Es la voz del político profesional, acostumbrado a vivir del erario público y de la caprichosa decisión del jefe de filas. Encaje tiene por un tubo el que llegó a ser número dos de Ferraz aunque, tanto en el tono como en la mirada, le resulta imposible ocultar que es un ser zaherido, al que le dieron la papeleta de un minuto para otro. Encaje todo, dignidad menos.

En la otra orilla, Pablo Casado, impelido por el viento de cola de las encuestas, ha puesto el piloto automático en modo presidente del Gobierno y tiene la agenda repleta de actos en una rentrée de curso político que tendrá el colofón multitudinario en la plaza de toros de Valencia, lugar de tradicionales llenos hasta la bandera del Partido Popular. Los números cantan y es evidente que hay un gran trasvase de votos de Ciudadanos hacia los postulados del PP. La opción de centro que hoy lidera Inés Arrimadas está experimentando un imparable debilitamiento y creo que lo más razonable para Cs sería integrarse en la formación de Casado, al que veo dispuesto a retomar con seriedad los preceptos que, con brillantez, defendió cuando la moción de censura de Abascal, con el que deberá entenderse si la predicción de los sondeos llega a cumplirse. Ahora sí parece que hay partido, con Casado culminando la travesía del desierto cual Moisés salvador. Travesía nada fácil con todo el pesado lastre que ha tenido que asumir el líder del centro derecha. Casado, me asegura un amigo próximo a Génova, está por lo nuevo, nada de coqueteos con el pasado.

Periodista y escritor