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Isabel Olmos

AL CONTRATAQUE

Isabel Olmos

Pan caliente

Después de toda una vida haciendo pan, a María, la hornera, el médico le ha detectado alergia al trigo. «Ya ves», nos dice contrariada, como quien todavía no ha creído que un tornado haya arrasado su vivienda y donde antes estaba su hogar ahora hay un solar repleto de escombros. «Siempre», nos dice, «siempre pastando, amasando y haciendo barras, dulces y palmeras y ahora no puedo ni acercarme a la puerta del horno, me pongo a estornudar y si toco la harina, las manos se me inflaman y se me ponen rojas con eczemas». María, parlanchina y nerviosa, todavía no tiene edad legal de jubilarse aunque carga en sus espaldas, además de con dos hernias, con unas cuantas décadas de cotización a base de ayudar desde niña a su padre, primero, y luego quedarse ya como dueña única del Despacho de Pan Soler- Horno Moruno-Dulces por encargo, que cuece desde 1943 rollitos de anís y pasteles de boniato, pero también cazuelas de arroz que las familias llevan en crudo y devuelven a sus casas cocidas y humeantes.

María hace pucheros como una niña pequeña. «No sé que he hecho mal», se justifica mirándose las manos, que ahora le son extrañas, y las acusa veladamente de revolverse contra su antiguo amo, su sustento, su compañero y su todo: el trigo. Cuando habla de él, ahora que no puede tocarlo, lo hace con una tremenda culpa, como quien busca explicación a un abandono inesperado, a una traumática ruptura y se siente víctima y victimario de una separación que las partes no querían ni habían imaginado.

Trabajar

«He hecho lo de siempre, lo único que sé hacer desde que era una niña: trabajar. Me levantaba a las 12 de la noche y me iba al horno. Eso cuando era joven, ya luego solo despaché. Pero cuando era joven teníamos todos que arrimar el hombro. Me hubiera encantado estudiar porque de pequeña leía mucho, cuentos sobre todo, porque en mi casa no había libros. En esa época ya había muchas mujeres trabajando de una u otra cosa y también chicas que iban al instituto o a la universidad, pero yo no pude elegir. Mi hermano mayor se casó y se fue del pueblo y mi hermano pequeño dijo que no quería saber nada del horno, ni de mi padre, que tenía un carácter del demonio, así que no tuve opción», explica «y me quedé con el horno y con mi padre». Se ríe cuando le cuento lo que me decía mi abuelo --«de molinero cambiarás, pero de ladrón no te escaparás»-- y me cuenta que una franquicia se va a quedar con su horno, porque nadie del entorno ha querido quedarse con el traspaso y lo más seguro es que lo conviertan en un bar.

Un día, meses después, me encuentro a María en la calle. Va con chándal andando deprisa con dos amigas y desde que me ve sonríe y levanta la mano para saludarme. Está mejor, como deshinchada, y por primera vez me detengo a observar su pelo, negro y muy cuidado, antes casi siempre oculto bajo un gorrito blanco. Se detiene para contarme que está mucho mejor de las manos desde que se tuvo que dejar el horno y que se ha apuntado a la escuela de adultos para sacarse el graduado escolar. Está radiante, exuberante de proyectos. Ha tenido un nieto y por las mañanas, a veces, acude a un taller de literatura para personas «casi» mayores, dice entre risas, donde leen a los clásicos y escriben historias.

Cuando se aleja diría que María lo hace bailando, con sus pies apenas rozando el suelo, y ahora soy yo la que se ha quedado boquiabierta, como sacudida por un tornado. La miro avanzar alegre con su chándal y entonces, sutilmente, lo percibo. Suave, cálido y dulce me envuelve de pies a cabeza y me sumerjo con mi alma y en todo él. En un maravilloso aroma a anís, a mazapán, a pan. A pan caliente.

Periodista

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