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El Periódico Mediterráneo

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Francesc Michavila

Inquietudes de un europeo

Francesc Michavila

Vacunar a todos los europeos

Nadie es libre para contagiar a los demás y el interés colectivo debe primar sobre una visión egoísta de la convivencia

El 31 de diciembre de 2019 unos médicos de Wuhan alertaron al mundo sobre la existencia en aquella provincia china de una nueva neumonía atípica. Desde entonces, con una celeridad que ha espantado a la humanidad y ha trastocado radicalmente su modo de vivir, los acontecimientos se han precipitado. Tan solo ocho días después, investigadores de aquel país ya habían vinculado la enfermedad a la aparición de un nuevo coronavirus, y a las cuarenta y ocho horas los científicos publicaron la secuencia genética del SARS-CoV-2.

Tras el desconcierto inicial, los dirigentes de las principales potencias mundiales comprendieron que era urgente disponer de vacunas con las que combatir la epidemia que se extendía por todo el orbe y adquiría dimensión de pandemia. Así, desde el siguiente mes de febrero se inició una carrera contra el reloj, pues obtener semejante tipo de antídoto en tiempos precedentes había sido cuestión de no menos de seis u ocho años. A finales de julio, en apenas seis meses, se anunciaba que dos farmacéuticas, Pfizer-BioNTech y Moderna, habían desarrollado las vacunas deseadas, basadas en innovadores diseños biológicos. La revista Science calificó a las vacunas contra el covid-19 como el Descubrimiento de 2020.

Con inusual rapidez comenzó la vacunación en toda la Unión Europea a partir del 27 de diciembre de 2020, y los expertos sanitarios establecieron como objetivo que el 70% de la población estuviese vacunada para alcanzar la inmunización colectiva, aunque con posterioridad se revisó al alza dicha cifra en diez o más puntos. Una corriente de optimismo se extendió por las sociedades occidentales.

Casi un año después, sin embargo, la pesadilla no ha acabado. La fatiga mental se extiende. A la euforia tras el desarrollo de las vacunas ha sucedido el cansancio y las expectativas de crecimiento y desarrollo global se han enfriado. Toca resistir, tener paciencia y confiar en la ciencia.

Cuando las esperanzas de despertar de este mal sueño eran mayores, al inicio del actual otoño, otra oleada de crecimiento de los contagios y una variante nueva y agresiva del virus, denominada ómicron, ha puesto en duda la capacidad protectora de la metodología desarrollada para combatir la epidemia y la eficacia de las vacunas utilizadas. No se pensaba que una ola de contagios sucediese a otra, y tras la tercera llegase la cuarta y luego la quinta y la sexta, en una secuencia infernal; tampoco que Alemania, con el 67% completamente vacunados, pudiese alcanzar una situación de riesgo extremo con los peores datos de contagios y muertes de toda la pandemia; o que los Países Bajos, con el 69% de vacunados, alcanzase el riesgo extremo con una incidencia acumulada superior a 1.700 por cada cien mil habitantes en los últimos 14 días, por no añadir más datos insatisfactorios. Solo España --cuyo proceso de vacunación se considera ejemplar en la Unión Europea-- con el 80% de sus habitantes inyectados con dos dosis de vacunas, al menos, se ha mantenido en un nivel de riesgo menor que sus vecinos, aunque también ha empeorado durante las últimas semanas. Parece una historia sin fin, pero lo tiene y no hay que engañarse ni abandonar, pues una de las cualidades que nos ha caracterizado siempre a los europeos es la tenacidad.

¿Se puede hacer más? No hay otra senda por la que salir finalmente del atolladero que la perseverancia. La aplicación de las medidas sanitarias ha de obligar a toda la ciudadanía, y a los gobernantes corresponde la supervisión de su cumplimiento. Una afirmación radical que conduce a varias cuestiones que se deben valorar.

La primera, y principal, se refiere a la posición que debe adoptarse ante los denominados negacionistas, contrarios a vacunarse y a la extensión del uso del conocido como pasaporte sanitario europeo. Su oposición la fundamentan en la defensa de la libertad individual, y se oponen a vacunarse pues tal obligación la consideran contraria a una decisión que, dicen, debe ser libre. Mi posición personal es que nadie es libre para contagiar a los demás y que el interés colectivo en la grave situación actual debe primar sobre una visión egoísta de la convivencia, pues nada ampara un falso uso reivindicativo de la libertad que ponga en peligro la vida de los demás. Debemos lograr la vacunación de todos los europeos, sin otras excepciones que las que determinen los médicos y epidemiólogos, porque esa es la única forma de recuperar la vida normal. Europa es la patria de la ciencia, de la Ilustración y la Enciclopedia, y cuando la ciencia nos ofrece los medios para protegernos, debemos usarlos. Quien no lo acepte se excluye de la vida en sociedad y sus beneficios, sean el acceso a las ayudas económicas, el uso de los transportes públicos o el disfrute de los lugares comunes para el ocio o la restauración.

El combate de la manipulación de la idea de libertad se ha de extender a la aplicación de los tratamientos acientíficos de la enfermedad, como son las ozonoterapias, en los hospitales públicos y el empleo inapropiado de medios desarrollados con los impuestos que pagan los ciudadanos.

El alcance global de la epidemia obliga a la Unión Europea a interesarse por el avance de la vacunación en otras regiones de la Tierra, en especial en las más desfavorecidas, no solo por razones de solidaridad. La tasa de vacunación ahora en el mundo es del 40% de la población. Cuando se adoptó la decisión de inyectar una tercera dosis a las personas más vulnerables, algunos colectivos reclamaron que se destinasen esas dosis a los países que por sus escasos recursos fuesen retrasados los procesos de vacunación. Pero la verdadera solidaridad no es poner en riesgo a los más mayores al no reforzar su grado de inmunidad, sino que los países más ricos del mundo, y especialmente de la Unión Europea, sufraguen un programa de vacunación total en los países que más lo necesitan, con las exigencias que sean necesarias a las empresas farmacéuticas para que renuncien a parte de sus grandes beneficios o la exención de sus patentes en estos casos.

Bien puede intuirse que mientras la pandemia no se controle de manera permanente, la eficiencia de los programas de recuperación económica que ha lanzado recientemente la Comisión Europea estará bastante condicionada.

*Rector honorario de la Universitat Jaume I de Castelló

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