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El Periódico Mediterráneo

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Casimiro López Llorente

Carta del obispo

Casimiro López Llorente

La alegría de ser bautizados

El bautismo de Jesús remite al bautismo cristiano, por el que los bautizados renacemos por el agua y por el Espíritu Santo a la vida misma de Dios

Hoy es la fiesta del Bautismo de Jesús. La liturgia de la Iglesia recuerda el bautismo de Jesús en el río Jordán de manos de Juan el Bautista. Este hecho se convierte en una solemne manifestación de su divinidad. «Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco»» (Lc 3, 21-22). Es la voz de Dios-Padre que manifiesta que Jesús es su Hijo Unigénito, su amado y predilecto. Jesús es el enviado por Dios para salvar a la humanidad. Por su muerte redentora libera al hombre del dominio del pecado y le reconcilia con Dios, consigo mismo, con el prójimo y con la creación; por su resurrección salva al hombre de la muerte eterna.

Jesús, este hombre aparentemente igual a todos los demás, es Dios mismo, que viene liberar a los hombres del pecado y posibilita convertirse «en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios» (Jn 1, 12-13). El bautismo de Jesús remite al bautismo cristiano, por el que los bautizados renacemos por el agua y por el Espíritu Santo a la vida misma de Dios. Dios nos hace sus hijos en su Hijo unigénito, nos hace cristianos discípulos misioneros de Cristo y nos inserta en la gran familia de los hijos de Dios, en su Iglesia. La gracia de Dios transforma nuestro ser, renacemos a la vida de Dios.

He aquí el prodigio que se repite en cada bautismo. Como Jesús, el bautizado podrá dirigirse a Dios llamándole con plena confianza: «Abba, Padre». Sobre cada bautizado, adulto o niño, se abre el cielo y Dios dice: este es mi hijo, hijo de mi complacencia. Este es el gran don que Dios nos hace en el bautismo. No hay regalo mayor ni más precioso que podamos recibir o podamos ofrecer a otros. La vida terrenal y el amor humano son un gran regalo, pero tienen un final; la nueva vida del bautismo y el amor de Dios, por el contrario, no tienen fin: perduran para siempre, son eternos.

*Obispo de Segorbe-Castellón

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