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El Periódico Mediterráneo

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Paco Mariscal

AL CONTRATAQUE

Paco Mariscal

¡Que no son de regadío, Carmina!

Que Castellón como provincia, nacida el primer tercio del siglo XIX, es geográficamente, y tras la también decimonónica provincia de Santander, la segunda más montañosa de las Españas, es harto conocido si se tuvo una buena escuela de primeras letras. Que también tenemos fértiles llanuras costeras y humedales inundables en el litoral donde se hundía la laboriosa alpargata en los arrozales, es de dominio común en Castelló de Riu Sec, vecinos. El actual vecindario de estas comarcas norteñas del País Valenciano desconoce, sin embargo, si el paisaje agreste de nuestro secano o la alpargata del humedal imprimieron una cierta impronta o rasgo distintivo a nuestros antepasados; si dejaron huella en su carácter que se manifestó en sus obras y que los distinguía de otros grupos humanos. En estos tiempos globalizados que vivimos, la cuestión se diluye o disipa como la niebla. Con todo, hace ya bastantes años nos explicaba Ximo Escrig algunos avatares históricos, relevantes a este respecto.

El historiador Escrig estudió de forma minuciosa la comarca de l’Alcalatén a partir de Llucena donde está enraizado. Publicó libros sobre masías que fueron vida y se abandonaron; nos contó de una tierra abrupta que en un par de kilómetros se eleva hasta los 1.300 o 1.400 metros; nos habló del Riu de Llucena y del Barranc del Batlle, del Pujol de Guardamar y de la cima del Salt del Cavall. Y nos dejaba asombrados cuando narraba los acontecimientos de las Guerras Carlistas por estos pagos castellonenses. Llucena, vecinos, era un islote isabelino del liberal general O’Donell rodeado de un mar de montañas y poblaciones en manos del montaraz y carlista Ramón Cabrera, conocido como Tigre del Maestrazgo. Por esa época, primera mitad del XIX, y dada su amistad con O’Donell, inició Vitorino Fabra sus andanzas en política con escalada social mediante métodos caciquiles y clientelares, cuyas sombras se prolongan hasta hoy. Nos decía Ximo, además, que el ultramontano Cabrera finalizaba sus arengas, antes de entrar en combate, gritándoles a sus huestes: «¡A por ellos, que son de regadío!» Y aludía, claro está a los vecinos del litoral de la Plana de talante liberal. Y el grito también parece que prolonga su eco hasta nuestros días.

Política liberal de centroderecha

Y se prolonga por donde Onda, que es regadío y secano. En Onda, con acierto y sin arrogancia, está al frente del gobierno local Carmina Ballester; y Ballester, que sepamos, no tiene amistad alguna con los parientes de O’Donell, pero es una política liberal de centroderecha que milita por donde el PP. Y su buena gestión local y apoyo del vecindario reciben a cambio la desconsideración y el menosprecio de unos cuadros dirigentes del PP que izan la bandera del populismo ultramontano a lo Cabrera. Una pena para todo votante moderado del PP. Y es que alejar a Carmina de sus actividades en el partido e imponerle una gestora supone: silencio cómplice de quienes tienen al PP como un Servicio Público de Empleo o INEM para mediocres; supone el machaqueo hasta la saciedad con medias verdades, manipulación de datos, y asirse a la idea de que el poder es patrimonio suyo y de nadie más.

No es posible que eso esté en el ADN identitario de un partido democrático, que ha de ser democrático en su funcionamiento interno porque así lo exige la Constitución que votamos los hispanos hace más de 40 años. Y si está en el ADN, no cabe duda: entorpece la convivencia ciudadana y crispa de forma innecesaria. Como innecesarias eran las estentóreas arengas de Cabrera por nuestro secano. Secano donde ahora paulatinamente se restauran masías abandonadas para segundas residencias: un contento para nuestro historiador Escrig.

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