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El Periódico Mediterráneo

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Enrique Ballester

Barraca y tangana

Enrique Ballester

La sorpresa, etcétera

Como buenos seres humanos y para orgullo eterno de nuestra especie, el imbécil lo hacemos de una manera rigurosa y constante

De vez en cuando alguien hace el imbécil en un campo de fútbol -o en los alrededores-, y hay quien se sorprende. A mí me sorprende que esas cosas no pasen más veces.

Como buenos seres humanos y para orgullo eterno de nuestra especie, el imbécil lo hacemos de una manera rigurosa y constante. Os cuento, sin ir más lejos, lo del parking donde aparco el coche. Allí ocurre que todos los conductores usamos la misma y única rampa para entrar y salir del aparcamiento, y para evitar accidentes instalaron un semáforo al principio y otro al final de la rampa. La teoría no es muy compleja: pulsas el mando, se abre la puerta y esperas a que la luz se ponga en color verde. Si la luz de entrada está en verde, la de salida permanece en rojo, y viceversa, y se eluden así los colapsos y los choques.

Parece fácil, ¿no? Si la luz es verde, pasas. Si es roja, esperas. Nivel preescolar: una norma básica que en teoría no debería conllevar problemas entre adultos racionales, pero por lo visto en la práctica resulta demasiado confusa para alguna gente que sube o baja con el semáforo en rojo, con el lío consiguiente. Por ello, los administradores colocaron junto a la puerta un cartel con imágenes de semáforos en verde y una serie de frases que ya eran súplicas más que órdenes: 'por favor, no suba hasta que el semáforo esté en verde, por favor!!!!!'

Nótense los cinco signos de exclamación. Iba andando y me paré para contar los signos de exclamación. Cómo de grave debe de ser el asunto, cuánto sufrimiento y cuánto dolor se ha generado, cómo de desesperada debe de estar una persona decente para usar cinco signos de exclamación.

Pero ni así. Ese primer cartel era sin duda una medida discreta y lógica, pero no lo suficiente eficaz porque poco a poco fueron llenando la pared de acceso con nuevas fotos de semáforos y avisos complementarios, que falta nada para que el ayuntamiento proteja el mural como bien de interés cultural, porque ya es una obra de arte conceptual. Me atrevo a vaticinar que el siguiente paso para intentar que se cumpla la complicadísima regla de 'solo avanzar en verde' será contratar a jóvenes que repartan folletos informativos a pie de rampa. Después tocará una campaña de sensibilización en las marquesinas de las paradas de autobús, 'stories' musicales en Instagram y centenares de cartas en los buzones. Otro día vendrá un experto en señalización lumínica para darnos una charla. Tampoco descarto una manifestación de signo contrario, con pancartas que pidan 'libertad' para los usuarios. De todo ello saldremos sin duda mejores, reforzados. Un problema así exige un esfuerzo colectivo y extraordinario.

Diría que a veces se nos olvida que en las etiquetas del detergente escriben “no ingerir”, que somos tan de fiar que nos informan muy amablemente de que eso no se hace. Y cuando en verano llega el calor, los servicios de emergencia insisten en que busquemos la sombra y bebamos agua, y que no hagamos deporte al sol durante las horas de temperaturas extremas, que eso tampoco se hace. De la misma manera, en las entradas de los campos de fútbol nos recuerdan que no lancemos objetos al campo, que eso está mal, que eso no se hace. Diría que el mero hecho de que esos avisos existan nos explica que el ser humano es un asunto fascinante.

Diría que la solución parece fácil, pero volverá a pasar, lo de hacer el imbécil. Y volverá la sorpresa, etcétera.

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