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Parece una tontería

Gallego y pez gordo

Feijóo siempre tuvo un hermoso cargo, que iba dejando solo en la medida que se hacía con uno mejor | En Madrid se las verá con otra gallega, Yolanda Díaz

Núñez Feijóo, en un acto del PP.

Cada cierto tiempo, desde hace varios siglos, aparece un gallego que siente la insuperable tentación de ir a pintar algo a Madrid. Quizá escucha voces que le dicen que haga algo grande, y prepara la maleta y allá va, con el propósito de cortar algún día el bacalao. Ahora es el turno de Alberto Núñez Feijoo, para quien el poder es una costumbre desde joven. Siempre tuvo un hermoso cargo, que iba dejando solo en la medida que se hacía con uno mejor. En Madrid se las verá con otra gallega, Yolanda Díaz, curiosamente con las mismas ansias: mandar más. 

El gallego que se vuelve un pez gordo lejos de Galicia es una tradición antiquísima. El escritor Miguel Anxo Murado recuerda en 'Otra idea de Galicia' que "no hubo prácticamente ningún gobierno del siglo XIX y principios del XX que no contase con ministros gallegos […]. Había carteras que le estuvieron casi reservadas, como la de Justicia o la de Hacienda". El Gobierno de 1903 fue una exultante exageración: la mitad del gabinete era gallega.  

Nuestro idilio con el poder remite a las desamortizaciones de la Iglesia, que en Galicia beneficiaron a comerciantes, hidalgos y profesionales urbanos que no solo acumularon la propiedad, sino también el control del voto, lo que dio lugar a un invento glorioso: el caciquismo. En una sociedad tan agraria, la clase rentista necesitaba el apoyo del campesinado, que a su vez dependía de la cadena de influencias de la maquinaria política para acceder a incontables favores. Así fue como a finales del XIX Madrid empezó a llenarse de políticos gallegos que llegaban a ministros.

Desde la Edad Moderna, y hasta los años setenta del siglo XX, como recuerda Murado, Galicia experimentó "una de las caídas en desgracia más rápidas y profundas que se puedan imaginar", y que con la Ilustración alcanzó su apogeo. Su atraso se hizo tristemente célebre y, obligado a emigrar, el gallego ocupó siempre los oficios más humildes. "Gente pobre, grosera, poco caritativa", destacaba Bartomolé de Villalba en el XVI. "Antes puto que gallego", escribió Gonzalo de Correas en el XVII. Mariano José de Larra, en el XIX, todavía afirmaba que "el gallego es un animal muy parecido al hombre". (Seguramente todo cambió el día que "multitud de madrileños, barceloneses y bilbaínos empezaron a tener abuelos gallegos" durante la Transición).

Este era el agradable panorama cuando el caciquismo primigenio comenzó a enviar genios a Madrid. Algunos fueron purgados con la dictadura de Primo de Rivera, que encumbró a caciques nuevos, como José Calvo Sotelo, que se hizo con el ministerio de Hacienda (1925). Con la Segunda República los gallegos siguieron a lo suyo: Manuel Azaña elevó a ministro de la Gobernación a Santiago Casares Quiroga, y este llenó de paisanos los gobiernos civiles de toda España. Casi a la vez, Calvo Sotelo se convirtió en jefe de la oposición. Era 1936. Esa casualidad lleva a Ramón Villares a destacar en 'Historia de Galicia' que parte de los acontecimientos que se desencadenaron en julio de ese año fueron, en alguna medida, "un asunto entre gallegos". Después pasó lo que pasó, y al poco se sumó otro gallego a la fiesta, ocupando el primero puesto en la lista de peces gordos: Francisco Franco. Ni que decir tiene que durante la dictadura seguimos exportando mandamases, a los que los catalanes, muertos de risa, se referían como "los imprescindibles ministros gallegos". He aquí dos cráneos privilegiados: Pío Cabanillas y Manuel Fraga. 

Llegó la democracia y Galicia aprovechó, nuevamente, para refrescar sus caciques, que aunaron esfuerzos y allanaron el terreno para que Fraga retornase victorioso a Galicia, alcanzando la presidencia y convirtiendo la comunidad en un pequeño Estado. De hecho, sus 'conselleiros' se referirían a él como Gran Timonel. ¿Se podía ser más pez gordo? 

A su muerte, Madrid continuó acogiendo a jefazos gallegos. Qué tropa, sería fácil pensar. En 2011 Mariano Rajoy, de Pontevedra, se convirtió en presidente del Gobierno y Ana Pastor, su vecina, en presidenta del Congreso. Pablo Casado ha sido un entreacto, un accidente, un líder breve y castellano, debidamente apuñalado por los suyos, y cuyo hueco, por supuesto, se cubre con un nuevo pez gordo gallego.

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