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Paco Mariscal

AL CONTRATAQUE

Paco Mariscal

Festivo brío de Bomboí

Fíjense ustedes, vecinos del Riu Sec en fiestas, las ratas librescas husmean amarillentos diccionarios y descubren que entereza es tanto como brío, integridad, firmeza, valor, rectitud, voluntad, determinación u hombría. Aunque los roedores no supieron nunca que la entereza, en Castelló donde nació, medía casi dos metros, se llamaba Josep Antoni Ferrer Bomboí y fue un adelantado del baloncesto en la capital de la Plana. El brío desapareció hace una semana de nuestras calles, y partió hacia el etéreo espacio que nos reserva la negra Parca. Ayer mismo, cuando teníamos un pie casi puesto en el Camí dels Molins. La firmeza de Bomboí jamás faltó --hasta que la puñetera enfermedad doblegó su energía-- a la cita con la romería penitencial el Tercer Domingo de Cuaresma.

Bomboí, el de la firmeza, era hijo de un amable municipal alto, largo y amable que le explicaba al vecindario, hace algo más de 60 años, cómo funcionaban los colores de un semáforo, cuando los únicos semáforos entonces en Castelló eran los existentes en las cuatro esquinas del Carrer Enmig con la calle Colón. Familia sencilla y noble en cuyo seno algo debió aprender el Bomboí de entereza. Casi con toda seguridad aprendió a aprender la estima por las tradiciones de su pueblo, aprendió a hablar y dignificar su valenciano doméstico también. No había llegado todavía la transición, la democracia o los estatutos de autonomía, y la determinación de lozana juventud del muchacho le llevó a clases voluntarias para aprender a escribir correctamente la lengua histórica del País Valenciano, la de Les normes de Castelló. Y siguió fiel en ese ámbito hasta que la enfermedad le dijo basta ese otro día, en la puerta misma de la romería.

El valor de Bomboí empujaba a éste casi siempre a una animada discusión y pacífica polémica. Era incisivo y cargado de humor distanciador mediante frases ingeniosas, juegos de palabras o chistes festivos con sus alumnos y con el vecindario en general. Su tono de voz solía ser parsimonioso y suave. Terminado el magisterio en la Normal de Castelló, fue marinero de segunda, sin subir jamás a un barco, en el Arsenal de Cartagena, y allí enseñaba a leer y escribir a los analfabetos que realizaban su servicio militar. Y uno recuerda, vecinos, los dimes y diretes de Bomboí con los suboficiales entonces al uso. Como sea que los maestros de la marinería éramos en su mayoría catalano-valenciano-baleares, nos dirigíamos unos a otros en la lengua que nos era propia. Algún suboficial, sin demasiada mala leche, nos dijo un día que dejáramos ya de hablar esa «lengua degenerada de moros». Bomboí le contestó con una sonrisa y un «mi sargento, que aquí en España moros somos todos un poco». Era 1973 y la entereza magdalenera de Bomboí acaba de cumplir los 20 y muy pocos años.

En plan magdalenero

Unos lustros más tarde, a mediados de los 90, andaba uno en plan magdalenero y a horas intempestivas de la madrugada por donde L’Ovella negra. En la acera del carrer Sant Fèlix cocinaban una paella. El cocinero en cuclillas era un subsahariano. Una chusma divertida, multicolor, anarquistoide y un tanto descalabazada, se agrupaba a su alrededor. Era la semana que llaman grande de la romería. Los dos metros de Bomboí delataban su presencia con pañuelo verde por donde el cogote. Alguien, con dos vasos de vino demás, le gritó al cocinero con tono despectivo: «¡Eh tú, negre, pensa que l’arrós s’ha d’acorar!». Bomboí se acercó al energúmeno y le susurró con parsimonia y sin acidez: «Has dit alguna cosa? Perquè, mira, ací y en la paella madalenera, els racistes fills de p… no ens agraden gens ni miqueta». El energúmeno no se enfadó y se quedó sin saliva pidiendo perdón y excusándose. Aquello fue civismo, alegría, y integridad y convicciones en nuestra semana magdalenera o grande. Como grande era Bomboí con sus dos metros, su baloncesto, su humor festivo y su entereza cívica.

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