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Pere Cervantes

AL CONTRATAQUE

Pere Cervantes

El olvido que somos

Algo me dice que el olvido, como el cambio climático, también se ha acelerado. ¿Cuánto tiempo nos lleva olvidarnos de una desgracia? La empatía verdadera, la que no viene y va como una nube de primavera, se nos está yendo al carajo. Como prueba de ello, estimado lector, tiene la erupción de un volcán que no hace mucho tiempo nos encogió el alma. Pues ya nos queda muy lejos ese drama vivido para los que mantenemos nuestra casa en pie. O ese miedo atroz que sentíamos cada vez que un informativo abría con el número de víctimas por covid en España. Ahora transformado en una espeluznante indiferencia.

Cuántos sucesos se quedan a mitad de camino entre ninguna parte y el olvido. Pasamos página a una velocidad espantosa. Me pregunto cuánto tiempo tardaremos en olvidar la guerra de Ucrania los que no hemos perdido un familiar en ella, no hemos visto nuestra casa arder y no nos hemos convertido de un día para otro, sin margen para la deliberación, en refugiados. Las guerras de hoy se retransmiten por Tiktok, una aplicación como otra que se sustenta en la denominada cultura de la instantaneidad.

Todo lo vivimos rápido. Todo lo consumimos rápido. Si leemos un libro mejor que este no se ande por las ramas y vaya al grano. Además si tiene capítulos cortos, mejor que mejor, no vaya a ser que tenga que leerme veinticinco páginas de una tirada y me produzca un derrame cerebral. Si miramos una serie, que esta a poder ser tenga pocas temporadas y sus capítulos sean de corta duración, para así consumirla con mayor rapidez y a otra cosa mariposa. Tenemos la misma prisa por vivir que por olvidar. El mundo globalizado aporta, entre otras desgracias, el estar al corriente de un sinfín de desgracias que ocurren en un mismo momento. Un sinfín de sucesos que no hay humano que lo pueda digerir. Me pregunto qué día de estos un informativo ya no abrirá con imágenes o información sobre Ucrania. «Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido», decía Oscar Wilde.

Ningún ucraniano olvidará el genocidio

Olvidar es desactivar una realidad que todavía existe. Sé que ningún ucraniano olvidará el genocidio que estamos viviendo. Como también sé que sus heridas seguirán abiertas durante décadas. Pero no hablo de las víctimas y sí de quienes tocados por la diosa fortuna vivimos las desgracias desde el otro lado de la barrera. Recuerdo un tórrido agosto de 1999. Yo acababa de llegar a Pristina (Kosovo) y me sentía el protagonista de una guerra que hasta hacía poco se retransmitía en los informativos. Persistían las ráfagas de los Kalashnikov a diario, coches con familias enteras saltaban por los aires tras haber pisado una mina en una carretera de segunda, los helicópteros sobrevolando la ciudad noche y día y la presencia de tanques por las calles como si fueran autobuses regulares de línea. Cuando llamaba a mi familia y les preguntaba qué decían en España los distintos informativos de televisión y los periódicos sobre Kosovo, la respuesta era siempre la misma: «Ya no dicen nada». Dos meses después del conflicto el foco de la prensa ya estaba en otro lugar. Y sin embargo nada era normal en aquella tierra de mirlos negros que todavía hoy trata de salir del agujero en el que se metieron.

El olvido tiene algo de bochornoso. Por eso no nos gusta mirarle a la cara, ni ver el reflejo de nuestra desvergüenza en sus pupilas. El olvido a destiempo es un acto de crueldad. De nosotros depende dónde se ponga el foco de la noticia. Al fin y al cabo la información también se rige por las reglas de la oferta y la demanda.

Escritor

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