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El Periódico Mediterráneo

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Opinión | José Luis Sastre

Lo de vivir

Si es verdad que al final de los días pasa por nuestras cabezas la película de nuestras vidas, la mitad de esas escenas nos habrán sucedido en verano

Un niño juega en la playa. EFE

Probar el agua con la punta de los dedos de los pies. Probarla por primera vez y decidir si vas a entrar poco a poco o de cabeza. Sacudir la arena en los tobillos y mirar al cielo o al mar: mirar sin mirar y ver. Chapotear o hacerse el muerto y gritar a los que se han quedado en la orilla que se metan, que está buena, que no está fría. Cerrar los ojos y recordarte de niño sin querer, cuando te llevaban a la playa y luego desenredaban entre tirones la arena del pelo, como haces tú ahora con tus hijos mientras se quejan por los tirones. La piscina. Las noches al fresco: sobre todo eso, las noches al fresco con las sillas de plástico o las sillas de enea o directamente sobre el suelo, apoyado en un bordillo que todavía despedía calor. Las anécdotas que, en ese corro, contaban la abuela y los tíos y que te dejaban con la boca abierta, porque eran la manera de entrar sin ruido en el mundo de los mayores. Las charlas con los vecinos, que traían sus propias vivencias y sus propios nietos criados en otras partes. Jugar en la calle. La bicicleta. La hamaca y las lecturas en la hamaca. Los libros atrasados y los paseos. Los libros que quieres leerte y no te vas a leer. El vermut. Las bermudas y andar descalzo. El ‘colajet’. Preguntarte cuál es la última vez que te preguntaste la hora que era. Vivir sin hora y dejar las cosas para otro momento. El tinto de verano. Sí, ya lo sé. Lo siento, pero las verdades de frente: el tinto de verano, por supuesto. Encontrarse con gente de la que hace mucho que no sabías y venga una cerveza, que estás igual y no has cambiado nada. No cenar porque has llegado tarde. O improvisar una ensalada de tomate que sepa a tomate. La sandía. El melón. La fruta de verano. Las manos pegajosas de comer sandía. No recordar dónde has puesto el móvil. Insisto: no recordar dónde dejaste el teléfono. Los viajes si pueden hacerse, para encontrarte con un rincón que no esperabas. Los días sin plan y que acaban bien. O muy bien. Los juegos de cartas. El paseo de primera hora, cuando aún refresca y no ha salido el sol. Los ratos de no hacer nada que los italianos bautizaron musicalmente: el ‘dolce far niente’. La siesta, claro, que no se me olvida: la siesta, que ordena el mundo y pone las cosas en su sitio. Siesta de sofá y, llegado el caso, de cama. El pueblo. El chiringuito. La verbena del barrio y el primer baile al que no sale nadie, hasta que salen y no paran. El helado. De una bola. De dos. La copa suprema con tres bolas de helado. La vida sin atascos ni estreses ni horarios ni llamadas a deshora. Están todas las demás cosas, desde luego: los mosquitos, el calor, las noches de insomnio, los retrasos y las colas. Pero inconvenientes hay siempre y en todas partes y tampoco está el tiempo como para entretenerse más en lo malo, que para eso inventaron la inflación.

Mi teoría es que si es verdad que al final de los días pasa por nuestras cabezas la película de nuestras vidas, la mitad de esas escenas nos habrán sucedido en veranoDisfrutemos entonces, que a menudo sin ser conscientes estamos escribiendo la mejor parte del guion.  

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