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El Periódico Mediterráneo

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Elena Bernal-Triviño

Morir por el calor

Estos días me impactó el titular de las 510 personas fallecidas por la ola de calor. Luego, leí que la cifra era superior. En junio, 830 muertes por las altas temperaturas. En total, más de 1.300. Y sin terminar julio y con agosto aún por delante. En ese fin de semana anterior conocimos la muerte de dos trabajadores por un golpe de calor, y otros casos donde se registraron desvanecimientos y problemas de salud por trabajar bajo el sol en las horas de más intensidad.

Reviso la cifra de más de mil personas y no sé si, después de la pandemia, nos hemos acostumbrado ya a unos números que no tienen nada de normal. Estaría bien saber cuántos casos habían ocurrido trabajando y, sobre todo, cuáles son las condiciones materiales de cada una de esas muertes. Desde quien trabaja en condiciones precarias y soporta la situación por no perder un empleo, a la persona vulnerable, enferma o anciana, que no tiene para el aire acondicionado, que pasa el verano sin refrescarse en una piscina o el mar, sin poder comer más alimentos frescos que les hidraten porque están más caros; las que deben viajar en metros atestados, o quienes salen a calles de asfalto sin árboles cuya sombras den más alivio. Hay que hablar de las condiciones de trabajo y de vida tras esa cifra. Porque si esto sigue así, irá en aumento. Y se puede prevenir, en parte. Un trabajo de la Universidad Carlos III apunta a que el calor mata más a quien menos dinero tiene y que las mujeres tienen más riesgo de morir por temperaturas extremas.

¿Por qué tanto eco al discurso negacionista? ¿Por qué tantos dirigentes han querido mirar hacia otro lado? ¿Cuántas personas más deben morir por el calor para pensar en medidas? ¿Cuántas más para adaptar los empleos a condiciones seguras? Ya tenemos la realidad, las muertes por calor. Un precio muy caro por tanta ineptitud y negación ante lo que pasa.

Periodista

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