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El Periódico Mediterráneo

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Carlos Tosca

VIVIR ES SER OTRO

Carlos Tosca

El Gordo

En cuanto llegan los calores más sofocantes de agosto me acuerdo de la lotería de Navidad. Quizá yo sea un tipo peculiar —todos lo somos, a nuestra manera; la normalidad es lo raro—, pero tras meditar un poco, enseguida me percato de que ese pensamiento apenas puede tildarse como extraño; es más, diría que apenas llega a original. Somos muchos los españoles que durante el verano nos acordamos del Gordo. Y nada tiene que ver con los remordimientos por haber dejado la operación Bikini a mediados de abril, un par de semanas después de comenzarla. No, me refiero a que la gente empieza a comprar décimos para Navidad en este mes. Solemos adquirirlos en los lugares de veraneo, allí a donde nos dirigimos para visitar tal catedral, parque de atracciones o al amigo que nos cede una habitación de su casa en la fresca León, por poner un ejemplo. También los compramos en las localidades de paso, donde paramos a tomar el menú del día de camino a nuestro destino, o en el pueblo pintoresco que se nos cuela en la ruta porque, total, son vacaciones, démonos el gusto de improvisar y salirnos de las autopistas.

Hay una razón de peso para actuar así. Al principio yo pensaba que, directamente, era una gilipollez más de las que cometemos a lo largo de un día cualquiera, como hurgarnos la nariz en los semáforos mientras miramos por el retrovisor para vigilar al de atrás, cuando es el de delante el que en realidad nos puede ver. El motivo de comprar lotería en vacaciones es claro, inapelable, contundente, irreprochable: la lotería siempre toca en «otro sitio». Muy pocas veces o nunca en nuestra ciudad, en nuestro pueblo. Así que, cuando nos vamos de vacaciones y nos encontramos, efectivamente, en «otro sitio» vemos clara la oportunidad. Allí, en Calamocha, en Arganda del Duero, en Soria, en Zarauz o en Cartagena, compramos nuestro décimo, convencidos de que ese lugar, ese «otro sitio», carece de la maldición lotera de nuestro lugar de origen.

Poco puede oponerse a este razonamiento, ¿verdad? Es, en el fondo, tan cierto como esa preciosa y tan española estadística que corrobora la muerte de más gente en los hospitales que en los bares, y sirve de asidero matemático para pasar la tarde acodados en la barra con una cervecita, y otra, y otra. Aguántame el cubata que te voy a decir el truco para ganar la lotería.

Releído lo anterior, me da la impresión de que voy dando tumbos sin dirigirme a un tema claro. Creo que hablo de la felicidad, de su búsqueda. Diría que a eso aspiramos con la lotería. Insistimos e insistimos pese a que nos han dicho mil veces, incluso nosotros se lo hemos comentado a nuestros hijos y antes nuestros padres nos transmitieron esa ancestral enseñanza, que el dinero no trae consigo la felicidad, a veces llega a ser incluso el obstáculo más grande para alcanzarla. Supongo que sale a relucir nuestro más escondido instinto de investigadores sociológicos y queremos comprobarlo por nuestra cuanta. Subidos en nuestro Lamborghini, camino de la mansión en la Costa Azul para fletar el nuevo yate, explicaremos a quien nos lo pida, sonrisa en ristre, que el dinero nos ha vuelto desdichados, pobres de espíritu y ajenos a cualquier tipo de felicidad, hasta la más insignificante.

Luego encontramos otra curiosa estadística, la de los arruinados después de que la fortuna les agraciase con un suculento premio. La dejo para otro día.

Decía no sé quién que solo son felices los niños y los tontos. Creo que compraría esa tesis, sobre todo si viene con un décimo del Gordo, premiado, claro.

Editor de La Pajarita Roja

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