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El Periódico Mediterráneo

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Marta Moreno Pizarro

Los pañales de Donald Trump

Hace un par de años, un empleado del programa de televisión que protagonizaba Donald Trump contó con pelos y señales que el entonces presidente de los Estados Unidos usaba regularmente pañales para adultos y que, en ocasiones, tenía que ser acompañado fuera del set para ser ayudado con el cambio y la higiene.

Ojo, Donald Trump: un hombre que no tenía ningún reparo en descalificar a sus oponentes con todo tipo de comentarios denigrantes referidos al aspecto físico, el estado de salud, la edad, el origen étnico... La chispa de la discusión prendió entre los opositores de Trump: ¿era legítimo pagarle con la misma moneda y usar esa información para desacreditarle? ¿Se merecía Trump, o el país, que en la esfera pública se regodearan en ese detalle que a él, un narcisista agresivo y marrullero, sin duda le resultaría vergonzoso? ¿Sería rentable, políticamente hablando, ponerse a su nivel?

Recordé este debate al leer las intervenciones en Twitter de una señora que atacaba a quienes criticaban la chapuza de la Conselleria de Educación de publicar los currículums veinte días antes de que empezara el curso y en pleno mes de agosto; normativa, además, que contiene imposiciones de dudosa legalidad (como acaba de demostrar la suspensión del TSJV) y, peor aún, de dudosa conveniencia pedagógica. La señora comenzaba halagando al cuerpo docente siguiendo el argumentario de su partido: tenemos un profesorado excelente, ánimo que podéis con todo, blablabla. Pero el sectarismo es incontinente y usa pañales para adultos: en cuanto se cruzaba con algún argumento que no podía rebatir aparecían los «si no lo queréis hacer es porque sois vagos», o los «lo que pasa es que no queréis trabajar» o los «le encontráis problemas a todo porque os falta vocación».

La vocación de los docentes para ciertos palmeros de Conselleria es como el patriotismo para Trump: si criticas sus decisiones es que te falta. Si no estás conmigo no eres un digno americano, dice Trump; si no apoyas las decisiones de los míos, no eres un digno profesor, dice la señora: te falta vocación.

Las analogías con Trump no acaban aquí. La señora, como Trump (ese hombre que decía que se le daban muy bien las ciencias y que propuso que se inyectara lejía a los enfermos de covid), presume de lo que carece y se atribuye titulaciones y experiencia que no tiene; un doctorado, incluso. Daban ganas de replicar: por favor, no invente, que las tesis doctorales defendidas en España están todas en Teseo y son de acceso público. A las medidas ‘educativas’ que ella ‘defiende’ yo las llamaría económicas, porque curiosamente se tienden a imponer solo las que abaratan la educación; y, como a Trump, también se les notan las vergüenzas porque se aplican sin garantías de que se puedan aplicar en condiciones (esto es, persiguiendo que haya el menor gasto posible) y, por tanto, sin propiciar que realmente puedan funcionar.

De todas formas, la señora y su sectarismo es lo de menos; lo importante es este paternalismo hipócrita de algunas autoridades educativas por el que a los docentes nos ponen por las nubes primero (el consabido peloteo que detectamos a la legua) para desacreditarnos después insinuando, cuando nos oponemos a algo, que nos falta formación, o ganas de trabajar, o vocación. Mal vamos.

La vocación, el amor por la profesión docente, el respeto por nuestro alumnado y la responsabilidad profesional, en ningún caso nos impiden tener argumentos para rechazar aquello que no encontramos beneficioso para el aprendizaje de nuestros alumnos. De hecho, cuanto más lee uno sobre cómo mejorar, cuanto más te preparas, cuanto más esfuerzo estás dispuesto a realizar, mejor perspectiva crítica puedes tener. Los porqués importan y mucho.

El debate educativo nunca debió salirse de los argumentos, los estudios de los expertos y las evidencias contrastadas: los sectarismos y las ‘trumpadas’ guárdenselos, por favor. Mi trabajo docente y mi criterio profesional serán siempre para intentar beneficiar a mi alumnado, no para que unos u otros no pierdan las elecciones.

*Profesora de Filosofía y dramaturga

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