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El Periódico Mediterráneo

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Enrique Ballester

Barraca y tangana

Enrique Ballester

Esa visión, esa presencia

Los líderes de cualquier equipo son los que gobiernan las emociones

Hace demasiado tiempo que no viajo para ver un partido de fútbol. Antes era periodista deportivo, viajaba con frecuencia por obligación y confieso que había días que me daba un poco de pereza. Ahora no puedo viajar porque mis obligaciones son otras y hay días que me da rabia no poder preparar la maleta. El fútbol desde el sofá de tu casa puede ser muy emocionante y muy bonito y te puede proporcionar grandes dosis de felicidad, no lo dudo, pero es una experiencia incompleta. El fútbol crece en matices si te acercas al estadio como local y se convierte en un asunto trascendental a domicilio, siempre en tensión, siempre nervioso e inquieto y en permanente estado de alerta.

El fútbol no solo se ve, y menos con una mirada estrecha. El fútbol se huele –el humo de los puros señoriales en Tribuna, la humedad de la hierba, las drogas blandas de los fondos, el sudor de los que llevan todo el día con la misma camiseta puesta...-. El fútbol se escucha –los cánticos de las gradas, los ¡uy¡ los ¡ay! los ¡eh!, los gritos de los jugadores, las órdenes desde los banquillos, las voces de los locutores que salen de las cabinas de prensa...-. El fútbol se saborea –las lenguas secas de las pipas con sal, el bocadillo contundente del descanso, las uñas que no quedan, el metal amargo de la cerveza...-. Y el fútbol se palpa –las esquinas del carnet que se clavan en las yemas, la mano del padre que te acompaña o del hijo al que llevas, las palmas chocando en los aplausos, los abrazos de los goles, las manos a la cabeza...-. El fútbol de verdad no solo se ve. El fútbol de verdad te sacude la existencia.

Por eso, a la hora de juzgar la toma de decisiones de un entrenador o de cualquier futbolista es importante disponer de esa mirada completa. A menudo vemos por la tele acciones ciertamente inexplicables, pero quizá las entenderíamos mejor desde la grada, cerca del verde, porque así manejaríamos muchas más variables para acertar con la respuesta correcta. También valoraríamos más y mejor a esos futbolistas que se crecen cuando la cosa se pone fea, y apuntaríamos sus nombres subrayados en una libreta. Los que ganan los partidos son en realidad los que surfean la ola del ánimo ambiental, los que son capaces de cambiar esa inercia. Sean delanteros, medios o defensas, da igual. Los que gobiernan las emociones son los que arrastran a los demás hasta la meta. Son los líderes digan lo que digan los contratos, los brazaletes, las pizarras, las marcas, el big data o los comentaristas en la prensa.

Viajar por el fútbol también tiene lo suyo, no se crean. A veces es de lo más bonito, a veces ganas, yo qué sé, un play-off en Santa Eulària del Riu, acabas la faena envuelto por la euforia y te sirven un cóctel frente al mar y piensas, bueno, esto no está del todo mal, igual podría pedir el traslado al Diario de Ibiza, que también es de Prensa Ibérica, o lo que sea. Pero a veces te eliminan en el último minuto del añadido en Tafalla, acabas la faena hundido en la miseria, entras a un pub oscuro y te topas con una visión horrible: un calvo con coleta.

Aún no he podido olvidar a ese calvo con coleta. Más de cinco años después: esa visión, esa presencia. Casi seiscientas palabras he escrito para poder contar otra vez lo del calvo con coleta. 

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