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Enrique Ballester

Barraca y tangana

Enrique Ballester

Este Mundial raro

Al Mundial estival llegábamos regados por la energía de vivir, y eran los futbolistas los que estaban cansados. Ahora será al revés, abundando en la etiqueta de Mundial súper raro

A medida que envejezco agudizo mi debilidad física. Recuerdo que empecé tan fuerte el Mundial de 2014 que escribí un artículo avisando de que no iba a llegar vivo a los cruces de octavos. Esa primera fase la pasé recibiendo a amigos en casa, jornada tras jornada. Ellos iban rotando, pero yo era siempre el mismo porque estaba de vacaciones, y me vi envuelto en una dinámica devastadora. La dieta de los campeones: barriles de cerveza, aperitivos aceitosos y pizzas congeladas. Así veíamos dos, tres o cuatro partidos al día, los que fueran, hasta que los demás se iban a sus casas y yo me esforzaba para no dormir en el sofá, y llegaba como podía dando tumbos a la cama. 

Al cuarto o quinto día arrastraba tanto cansancio que solo podía levantarme cuando mi hija, casi bebé, se ponía a saltar sobre mi cara. Reptaba entonces hasta el salón esquivando cáscaras de cacahuetes y pistachos, con los labios cortados por la sal, jurando que nunca más, hasta que llegaba la tarde y con ella mis amigos de vuelta, con la misma dieta mortal y los ánimos renovados. Era inevitable y no me culpo de nada, solo constato: era un ser indefenso ante la magia del Mundial y caía una y otra vez en la misma trampa. Me duele decirlo pero es verdad: en aquel Mundial me salvó el trabajo. Se acabó la semana de vacaciones y sobreviví, al dejar de recibir invitados.

Ahora, en 2022, no puedo culpar ni a mis amigos ni al alcohol ni a las pizzas congeladas. Ahora no ha hecho ni falta que empiece el Mundial: ya llevo enfermo toda la semana. Luego dirán que no soy previsor. He caído en la antesala. Mi cuerpo me conoce y se avanza a la fatalidad, la intuye como un delantero ratonero se anticipa al error del central en el área. Mi cuerpo se aprovecha de un Mundial en noviembre. En lugar de las ganas de vivir del final de la primavera, del Mundial inmemorial que relacionamos con las casi vacaciones, el fin de curso, el buen tiempo y el aroma del after sun, en lugar de eso nos invade ahora el desánimo propio del mes más asqueroso del año, quizá, digo yo, noviembre y la noche temprana, el frío, la tos y la gripe acechando por la ventana. Al Mundial estival llegábamos regados por la energía de vivir, y eran los futbolistas los que estaban cansados. Ahora será al revés, abundando en la etiqueta de Mundial súper raro.

Además, al jugarse en Catar, siento que debo estar todo el día justificándome. Me encontré con el colega Ximo y me dijo que iba a boicotear el Mundial, que no iba a ver nada. Le pregunté si era un asunto novedoso su boicot a Catar, teniendo en cuenta que allí se han disputado Mundiales de atletismo o de balonmano, y competiciones de motos y coches, y compartí mi extrañeza porque de repente un montón de gente parece haberse enterado de cómo funciona el mundo y la FIFA, y cómo es Catar respecto a los derechos humanos.

En todo caso, será interesante ver dónde ponemos el listón de la coherencia, porque he leído que Catar participa en numerosas multinacionales. Una de ellas es Volkswagen -y aquí celebramos por todo lo alto su inversión en la gigafactoría de baterías-, por no hablar de sus importaciones de productos nuestros y variados, o las relaciones financieras públicas y privadas con regímenes peores o similares. ¿Por qué ahora y por qué con el Mundial? Quizá porque no haya nada más grande y universal que el fútbol, para lo bueno y lo malo. Quizá sea la solidaridad que triunfa, la que no exige ni cuesta apenas nada. O quizá todo eso sirva para cambiar algo.

Será interesante ver a partir de ahora en qué casos nos ponemos dignos y en qué casos miramos a otro lado. Ximo me apuntó con acierto que cada cual cabalga con sus propias contradicciones. Este Mundial manchado será una de las mías, puede ser, sabiendo que no es la primera ni será la última, y asumiendo que no estoy solo.

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