No voy a decir que odie las navidades, pero ciertamente no las disfruto como antaño, cuando todo era felicidad y despreocupación. Hoy, por contra, me empalaga el buenísimo en diferido que destilan estas fiestas del consumismo, sus empostados e insoslayables compromisos familiares, el forzado quid pro quo de los regalos, cuando no la espuria renovación, año tras año, de los mismos propósitos de enmienda, ergo los mismos fracasos, a mayor abundamiento en dietas, la inscripción en academias y cursos varios, la participación en ayudas sociales y demás concesiones con las que nos autoengañamos para luego guardarlas, doce meses, entre naftalina y junto al espumillón, el belén y el resto de ornamentación de la época. 

Los buenos deseos nunca se corresponden con nuestras acciones. Lloramos el hambre en el mundo y nos hartamos de marisco, de carnes selectas y de dulces variados. Repudiamos la guerra y dejamos de lado a los refugiados. Criticamos una brizna de paja discriminatoria en el ojo ajeno y no vemos la viga de la xenofobia en el nuestro. Así deviene la inicua Navidad que hemos creado entre todos.

Es el tiempo en que homenajeamos las ausencias que vacían de sentido las celebraciones, en un bucle de autocomplacencia, mitad curioso mitad antropófago. Como también me atufan y no comprendo los anuncios de colonia; me cansan balances y resúmenes anuales de escasa originalidad y dudosa obligatoriedad; me aburre el desfile de famoseo por las teles y las reposiciones; pero, sobre todo, me flagelo, resacoso y somnoliento, esperando una sorpresa que casi nunca llega de la batuta del Concierto de Año Nuevo. Es lo que hay, y asumo mis desencantos con el único alivio de su caducidad, al menos hasta el año siguiente.

Impelido por esa desazón navideña ataco mi primera columna del 2023. Ya no puedo conformarme con la llegada de Voulgaris, y menos perfumar la salida de Montesinos o soportar el desagradable reflujo de ver en el palco a los mismos apesebrados de los últimos años. Ha sido el año del Centenario y todos lo hemos celebrado con intensidad, a pesar de improvisaciones y escenas de dudoso gusto, porque era nuestro aniversario, de los que tienen más años y de los más jóvenes, de los de tribuna y los de gol bajo, de los que suman más acciones y de los que no tienen ninguna, de los que saben de fútbol y de los que no tenemos idea. Porque el CD Castellón representa mucho más.

Queda pendiente algún acto menor y la esperada presentación de dos libros, uno editado por el club y otro por el ayuntamiento. El primero ha sido utilizado como arma represora por quienes entienden las críticas a la gestión como cuestiones personales; el segundo, y después de las monumentales obras de José Mª Arquimbau --El libro de platino, editado por Levante-- y de Conrado Marín y Miguel Ángel Serer --En el escudo de tu historia--, supone una aportación literaria distinta, fresca y variada, no exenta de detalles históricos desconocidos que también merece la pena para los coleccionistas. Pero echo en falta un castillo de fuegos artificiales como remate final de los fastos. Por supuesto que el mejor colofón, el estrambote del soneto del Centenario, sería el ascenso. Mas esta es la hora en que seguimos sin refuerzos y sin entrenador. Mucho tiene que mejorar para que nuestras ilusiones cristalicen en palmaria realidad.

Y no me olvido. La junta general de accionistas sigue siendo una oportunidad para convencernos. No se trata solo de poner dinero y salvarnos la vida. Ahora hay que dejar atrás los conflictos judiciales, las onerosas etapas de David Cruz y Montesinos, y rescatar a la Fundación de la ignominia actual. Hay que trabajar juntos para que la Navidad dure todo el año en el Castellón