Opinión | VIVIR ES SER OTRO

Franz Kafka

Ando metido en un ambicioso proyecto de lectura. Llevo ya unas semanas con la biografía de Franz Kafka que escribió Reiner Stach hace unos años. Se trata de tres tomos (en castellano reducidos a dos por motivos editoriales) que suman casi 2.500 páginas. Lo compagino con las obras completas del autor. En cuanto se nos habla de que escribió esto o lo otro, detengo la lectura de su vida y me pongo con la ficción del praguense.

Me pregunto por qué lo hago. Kafka es, desde luego, uno de mis autores favoritos. La transformación (casi siempre mal traducida en castellano como La metamorfosis) me parece una de los libros fundamentales del siglo XX; en menos de cien páginas define con maestría lo que es el hombre de esa época, y de todas. Asienta las bases del existencialismo posterior, que tanto influyera en el modo de ver el mundo. Sin embargo, esto no lo entiendo como razón suficiente para indagar sobre él de un modo tan metódico.

Lo que vuelve a Kafka diferente de todos los demás escritores, incluidos los más grandes, es que él fue el único que no tuvo jamás conciencia de serlo. Murió sin saber de la importancia de sus escritos. La vida se le acabó joven, sin siquiera dedicarse en exclusiva a aquello que tanto le apasionaba, escribir. Todos los otros autores del Olimpo literario fueron, sin excepción, sabedores de su grandeza en mayor o menor medida: Tolstoi, Dostoievski, Faulkner, Cervantes, Borges… Obtuvieron el reconocimiento en vida, la fama, a veces incluso la idolatría de los demás, que llegó incluso a confundirles o asquearles, como en el caso de Salinger. Kafka no, él era oficinista en una empresa de seguros, con un buen sueldo y un oficio que, aunque le repelía porque le impedía escribir cuanto quería, lo llevaba a cabo con eficacia y resultaba apreciado por compañeros, jefes y subalternos.

Las vidas de otras personas

Meterse de esta manera en la vida de otra persona a la que uno admira me está marcando. Pueden hablarme de cualquier cosa, de fútbol incluso, que yo sacaré a colación cualquier relación del asunto con la biografía de Kafka. Llevo un tiempo viviendo más en la Praga de principios del siglo XX que en el Castelló actual. Y, en cierta manera, es algo que agradezco. Salir de la realidad me reconforta mentalmente. Y eso que tengo la suerte de ejercer un trabajo vocacional del que disfruto: la edición de libros. Pero incluso en estas circunstancias, ponerme en la piel de otro y tratar de comprender sus conflictos me resulta de lo más interesante. Precisamente, a Kafka le encantaba leer sobre las vidas de otras personas. Ya ven, lo acabo de hacer, he mostrado una característica del escritor sin venir mucho a cuento.

Veo semejanzas entre él y yo. También grandes diferencias: para empezar, a mi edad él, pobre, ya hacía más de una década que la tuberculosis lo había matado, con apenas 40 años.

Y de aquí saltamos a pensar qué hubiera ocurrido si la enfermedad no se lo hubiera llevado por delante. ¿Hubiese emigrado a Israel como su gran amigo Max Brod o se habría quedado en Praga como sus hermanas y el nazismo lo hubiese fulminado? A saber.

Editor de La Pajarita Roja