Opinión | VIVIR ES SER OTRO

800.000 imbéciles

Dicen los últimos datos que en este país hay unos ochocientos mil imbéciles. No está mal la cifra. Me recuerda a los puestos de trabajo que hace ya un puñado de décadas dijo iba a crear cierto político de apellido belicoso. Aquella promesa nunca se cumplió, más bien al contrario. Era el populismo de entonces. Los ladridos de una época casi aún en blanco y negro. Hoy en día se dejan las sutilezas de lado. Solo tienen que leer el título de esta columna.

Seguramente —poco hay de cierto en esta vida— ni usted ni yo nos contemos entre los imbéciles. Para empezar, nosotros leemos, mínimo este periódico. Aunque toda información está sesgada y tiene cierto tufillo, y yo me doy cuenta de que también mis textos lo poseen; que nadie se piense que un servidor va a venderles la Verdad —permítanme la mayúscula, imprescindible en este caso—. Intento, como siempre, hablar de lo que observo, indudablemente barnizado por una visión personal, claro. Imposible escapar a esa circunstancia. Lo que me importa es que, como digo, usted y yo nos informamos en canales de prestigio y no solo vemos vídeos de Youtube que nos dicen cosas llamativas, hipérboles y mentecateces que entran fáciles por el oído porque nos llaman la atención. Vamos, el comentario de barra de bar de toda la vida, de borrachín arreglamundos, de cuñado, del típico «si fuera mi hijo eso lo arreglaba yo en un minuto con dos hostias bien dadas». De imbécil.

Y, fíjense, diría que cerca del millón de descerebrados me parece poco. Seguro que hay más a poco que indaguemos. Pero hoy me quiero quedar con lo evidente, sin escarbar en el fango.

La Alemania de principios del siglo XX era el faro cultural de una Europa teñida de sangre, jalonada de deseos nacionalistas expansivos y atormentada por todo tipo de ideologías que iban a salvar a la humanidad de sí misma. De eso derivó la época más desgraciada que ha vivido este continente en toda su historia desde que tiene cierta conciencia de integridad. Ni en los peores años de la lejana Edad Oscura medieval se crearon lugares de exterminio masivo. Con los ojos de ahora resulta difícil de entender qué pasó entonces, pero encontramos explicaciones sociológicas que le dan un cierto sentido —jamás será comprensible del todo lo que ocurrió—, una cierta causalidad.

Tal vez esto sea la antesala

A veces, se despierta uno y piensa si no estaremos en la antesala de una locura semejante. Quiere uno llegar a la conclusión de que al final son solo ochocientos mil gilipollas desinformados e insatisfechos de la vida. De que el resto somos más de cuarenta millones. Pero cuando uno se levanta con la cabeza nublada, barrunta cuántas de esas buenas personas, por inacción, dejarán que los imbéciles hagan de las suyas.

Ojalá tomemos conciencia y que esos tipos peligrosos continúen en Forocoches, no se pongas vacunas —y con ello se acerquen a su extinción—, sigan arreglando el mundo carajillo en mano y que a la hora de votar se queden en sus casitas despotricando de los políticos. Que siga la fiesta, de la democracia.

Editor de La Pajarita Roja