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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

‘Crematorio’

En el club de lectura de La Farola estamos leyendo Crematorio de Rafael Chirbes. Qué escándalo de novela a todos los niveles: fondo y forma amalgamados para componer uno de los textos más notables de la literatura española de los últimos años. Una muestra de cómo era nuestro siglo XXI recién comenzado. Se publicó en 2007, a las puertas de que la economía mundial pareciera irse por el barranco.

No es este el lugar para ahondar en las virtudes narrativas de este gran libro, pero sí para observar la maestría de un autor que nos da una lección de lucidez y oficio, lo que no es sencillo de unir. El libro comienza con el narrador, en segunda persona, dirigiéndose a su hermano recién fallecido. Arguye, medita, recuerda, cita, expone argumentos de una lógica y de una solidez incuestionable. Es la voz de la locura urbanística desde la más estricta sensatez. Por ejemplo, la visión de su hija sobre el «maldito hormigón» la rechaza el padre protagonista poniéndole delante la devoción que ella siente por Nueva York, epítome de ese material, o a cómo construían los grandes de la arquitectura moderna: Le Corbusier o Lloyd Wright. Surgen también tics del machismo más cotidiano, tan rutinario que nos pasa a veces desapercibido.

Lo magnífico de esta obra es cómo se denuncia desde el otro lado de la trinchera, parapetados en la posición del enemigo, justificándolo. Rubén, el narrador de este genial comienzo, es la antítesis de su hermano Matías, lector afanoso y revolucionario. Rafael Chirbes era alguien mucho más parecido a este, en contraposición a la personalidad del emprendedor sin escrúpulos. He aquí la maravilla: el autor se pone en los zapatos de la opción contraria y, con recovecos, va desmontando poco a poco sus propios convencimientos. Así han de ser los artistas: ante todo valientes. Y, en cuanto a los escritores de novelas, sin esa capacidad de crear personajes en las antípodas de sí mismo resulta imposible ser siquiera un autor aceptable.

Empatía

Y las personas. La empatía es un bien mayúsculo, es decir, escaso. Ponernos en la piel de alguien que no piensa como nosotros resulta fácil de decir, pero muy complicado de lograr. Bueno, hacerlo de boquilla es tan simple como arreglar el país, el mundo, en casa de la suegra. Pero ser empático de verdad, cuesta más de lo que imaginamos a priori.

No nos iría nada mal tratar de ponernos en la tesitura de otros. Para empezar, de los que nos rodean. Igual el cabrón del jefe no tiene más remedio que ser así de duro para mantener a flote la empresa, o ese trabajador que se escaquea a la primera en verdad le echa un montón de horas para cobrar un salario entre ridículo y penoso.

También deberíamos aplicarlo al ámbito doméstico o con los amigos. Pero, sobre todo, con los enemigos, es decir, con ese vecino que nos cae mal porque siempre da la brasa en las reuniones de escalera, el tendero que refunfuña cuando compramos poco o la maestra de los niños, que aguanta al nuestro y a veintitantos más.

Pero, claro, es más fácil criticar y desmontar los argumentos del otro que intentar comprenderlo. Siempre ha sido así.

Editor de La Pajarita Roja

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