Opinión | Las cartas son para el verano
Agnès Marquès
Dickens contra el espectáculo de la horca
El escritor usaba su pluma para denunciar injusticias, desde el trabajo infantil hasta la brutalidad del sistema penitenciario

El Dickens més social parla dels temps difícils
Antes de que existieran los tuits y las tertulias de radio y televisión, el gran altavoz de la opinión era la carta publicada en un periódico. Bastaba con enviarla a una redacción para que la leyera todo el mundo. Y aún hoy, cuando un colectivo quiere expresar un posicionamiento urgente, sigue recurriendo a ese formato. Una carta abierta es la manera más contundente de dejar por escrito una protesta.
Charles Dickens lo sabía. No solo fue novelista —autor de 'Oliver Twist', 'David Copperfield', 'Tiempos difíciles', entre otras—, sino también periodista, filántropo y reformador social. Creció en la pobreza, trabajó de niño en una fábrica de betunes mientras su padre estaba en prisión por deudas, y convirtió esa experiencia en una sensibilidad literaria única: narrar la vida de los desfavorecidos con la misma épica que la de los reyes. Su fama en vida fue inmensa: cada novela suya se leía como se ven hoy series por entregas. Y en la Inglaterra victoriana, una sociedad marcada por enormes contrastes entre riqueza y miseria, Dickens no se limitaba a entretener: usaba su pluma para denunciar injusticias, desde el trabajo infantil hasta la brutalidad del sistema penitenciario.
El 13 de noviembre de 1849 puso esa pluma al servicio de una causa muy concreta. Acababa de presenciar la ejecución pública del matrimonio Manning en Londres y decidió escribir una carta a 'The Times'. No era un desahogo personal: era un gesto público.
Arrancaba con sobriedad:
“Fui testigo de la ejecución en Horsemonger Lane esta mañana… Mi intención no es discutir la pena de muerte en abstracto, sino pedir un cambio legislativo para que estas ejecuciones dejen de ser públicas".
Lo que había visto le resultó más espantoso que la horca misma: la multitud. “Creo que ningún hombre podría imaginar la maldad y la ligereza de la inmensa multitud reunida esta mañana…”. Y ahí va la máxima expresión de su desasosiego: “La atrocidad del crimen se desvanecía ante el comportamiento de los espectadores.”
Niños, adolescentes, prostitutas, borrachos. Canciones obscenas, peleas, burlas. Dickens describe la escena con un realismo espantoso: “Cuando el sol se alzó, iluminó miles de rostros tan inexpresablemente odiosos en su júbilo brutal (...) y cuando las dos criaturas miserables que atraían esta visión han quedado temblando en el aire, nadie mostraba ya más emoción ni más piedad".
El escritor concluye con una convicción rotunda: “Estoy solemnemente convencido de que nada, en igual espacio de tiempo, puede causar tanto daño moral como una ejecución pública". Pedía al gobierno que actuara, que acabara con aquel espectáculo degradante.
La carta no cayó en saco roto. Dos décadas después, en 1868, el Parlamento británico aprobó una ley que trasladaba las ejecuciones al interior de las prisiones. Dickens no fue el único en reclamarlo, pero su denuncia contribuyó a fijar la idea de que la justicia no podía ser un espectáculo popular. Dickens pudo haber escrito la escena en una novela, adornarla de metáforas, esconderla tras personajes ficticios. Pero eligió el género directo: la carta pública.
Y quizá ahí está la lección que resuena hoy. En el siglo XIX la barbarie se vivía como espectáculo; ahora corremos el riesgo de vivirla con indiferencia. Entonces miles de personas celebraban una ejecución en la calle; hoy miles de personas pasan la página del periódico o deslizan la pantalla sin detenerse en las imágenes de otras muertes, de otras violencias. También contra eso sirve una carta pública: para recordarnos que mirar hacia otro lado es otra forma de participar en la injusticia.
Este verano, cuando repasamos cartas que marcaron destinos —desde Amelia Earhart a Einstein—, la de Dickens nos recuerda que escribir puede ser también un acto político. Que hay palabras que no buscan intimidad, sino plaza pública. Y que, a veces, una carta puede hacer lo que no logran los discursos: que una sociedad entera se mire al espejo y no se reconozca.
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