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Opinión

Autolesión demócrata

Solo una semana después de cosechar un éxito electoral remarcable, el Partido Demócrata se ha sumergido en una crisis interna al apoyar ocho de sus senadores una prórroga del gasto hasta el 30 de enero para acabar con 42 días de cierre del Gobierno (shutdown), el más largo de la historia de Estados Unidos. La prolongada suspensión del programa de asistencia nutricional para 40 millones de personas, la cancelación de miles de vuelos, el impago de salarios de miles de funcionarios federales y el despido de un mínimo de 4.000 han sido los argumentos esgrimidos por los senadores que han roto la disciplina de voto, entre ellos Dick Durbin, encargado de asegurarla. Lo cierto es que el gran objetivo demócrata durante el cierre, la ampliación del subsidio para la atención médica, ha quedado en el aire, con un compromiso genérico de abrir una negociación en diciembre. Y, mientras tanto, pende sobre 20 millones de usuarios la amenaza de que las primas del seguro se disparen si no hay acuerdo.

El resultado inmediato de todo ello es una quiebra en la unidad de los demócratas, alarmada el ala progresista y la centrista por la concesión sin garantías hecha por los senadores disidentes. La opinión de que ha sido un movimiento «carente de sentido», según un asesor del partido, y «un error terrible», según la senadora Elizabeth Warren, pone en un brete al presidente de la minoría demócrata en la Cámara, Chuck Schumer, cuya autoridad sale muy dañada, y abre una indeseada lucha por el control del partido a un año de las elecciones de mitad de mandato. Los primeros sondeos detectan cierta decepción entre los electores movilizados el 4 de noviembre, y la reacción positiva de Wall Street y de los mercados en Europa no parece suficiente para evitar al Partido Demócrata un desgaste inesperado.

Falta de liderazgo

Una vez más, aflora la falta de liderazgo en el campo demócrata y la capacidad de Donald Trump de gestionar para su provecho cualquier crisis llevada al límite. Nunca antes un presidente activó instrumentos de presión tan radicales y prologados durante un cierre de Gobierno; nunca antes tuvieron tan aparentemente fácil sus adversarios sacar partido de una situación extrema. Sin embargo, cabe interpretar el desenlace en el Senado como una inexplicable autolesión de los demócratas y una reparación republicana, mediante Trump, de los malos resultados registrados hace una semana en la ciudad de Nueva York y en los estados de Virginia y Nueva Jersey. No hay en las filas republicanas más defección que la del senador Rand Paul, poco menos que anecdótica; asoman demasiados síntomas de desunión en las demócratas como para que Trump experimente la necesidad de moderar su estrategia de la tensión.

Cunde la sensación de que la Casa Blanca ha cosechado, además, un gran triunfo a largo plazo: asegurarse varios capítulos del presupuesto para las secretarías de Defensa y de Agricultura hasta el 30 de septiembre de 2026, activadoras del voto conservador, cuando la campaña electoral condicionará todos los mensajes. «Seamos sinceros, nuestro país y nuestra política están en un lugar bastante oscuro en este momento», dijo Barack Obama en el mitin final de campaña en Virginia. Los senadores que han sacado a Trump del atasco legislativo no han hecho más que alimentar tal impresión.

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