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Opinión | EDITORIAL

Réquiem por el comercio de barrio

El retroceso del pequeño comercio en la provincia no puede entenderse únicamente como una suma de persianas bajadas ni como una consecuencia inevitable de los cambios en los hábitos de consumo. Lo que está ocurriendo, según los testimonios recogidos en estas mismas páginas, constituye un síntoma visible de un desequilibrio estructural que se ha ido agravando durante más de una década y que hoy se manifiesta en la reducción sistemática de autónomos dedicados al comercio, una pérdida que se prolonga año tras año sin que se vislumbre una estrategia pública capaz de alterar la tendencia. La constatable ausencia de relevo generacional que se dio en 2023 y 2024, a la que se une la perspectiva de un 2025 igualmente sombrío, revela que esta sangría no responde a un simple ciclo adverso sino a la percepción, cada vez más extendida, de que abrir un negocio tradicional es un proyecto de altísimo riesgo y retorno incierto.

Resulta llamativo que esta caída coincida con un aumento generalizado del autoempleo en la provincia, lo que desmonta la idea de que existe una falta de iniciativa emprendedora. Castellón suma cientos de nuevos autónomos, pero se trata de profesionales que encuentran alternativas más viables en otros sectores, menos expuestos a los costes fijos que asfixian al comercio de proximidad y menos vulnerables a una competencia digital que opera con estructuras que ningún negocio familiar puede igualar. Así se explica que, mientras hace una década los autoempleados del comercio superaban los 11.500, hoy apenas rozan los 9.700, una reducción que no solo refleja el auge del comercio electrónico, sino también un entorno normativo y fiscal que muchos consideran desalentador.

No es casual que las asociaciones de autónomos insistan en que el problema es más profundo de lo que sugieren las estadísticas mensuales. Los comerciantes operan en un contexto en el que la carga administrativa se multiplica, la presión fiscal aumenta, los alquileres mantienen una tendencia alcista y la capacidad de competir con grandes plataformas es prácticamente nula. La tecnología ha transformado de manera rotunda las reglas del mercado, pero la Administración no ha logrado adaptar los marcos regulatorios para que el pequeño comercio pueda sobrevivir en condiciones ni tan siquiera medianamente razonables. Es verdad que este desfase no sea monopolio de Castellón, sino que se da en toda España, con una pérdida sostenida de miles de autónomos del sector. Las consecuencias de esta tendencia van más allá de la dimensión económica inmediata. Cuando quienes han sostenido durante años un negocio se enfrentan a la jubilación lo hacen con pensiones que difieren de manera muy significativa respecto a quienes cotizaron por cuenta ajena, una situación que evidencia un sistema que premia poco a quienes han asumido riesgos durante toda su vida laboral.

El creciente malestar del colectivo no se explica por un único factor, sino por la acumulación de fricciones que afectan a la viabilidad real del comercio tradicional. Resulta necesario revisar un modelo económico que ha dejado de garantizar la diversidad comercial de las ciudades y que pone en riesgo la cohesión de barrios que, sin tiendas ni puntos de referencia, pierden parte de su identidad y de su dinamismo social, que es lo que define en gran medida la personalidad de nuestros municipios.

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