Opinión | El Desliz
Libertad sin ira

Ilustración / Raúl Sanz
Yo también quería escribir de la muerte de Franco hace 50 años. Mis padres lo celebraron con alegría y nos dieron una consigna: "De lo que decimos en casa, ni mu en el colegio, que no sabemos lo que va a pasar y con lo que le quieren esas…". Esas eran las monjas, para nada tan glamurosas como la portada del Lux de Rosalía. Las monjas amaban al Generalísimo y nos hacían rezar por su pronta recuperación. No quitaron el busto del Caudillo que presidía un altarcito rodeado de flores y banderas españolas en la zona de clausura hasta un lustro después de su último suspiro; desde luego, esas mujeres no cayeron rendidas enseguida a los encantos de Juan Carlos I y alargaron la Transición hasta que ya no pudieron más. También festejaron mis progenitores el fin de la dictadura por todo lo alto con mis tíos en la casa del pueblo, donde se guardaban a buen recaudo los ejemplares de Hermano Lobo, Cambio 16, y otras publicaciones sindicales y políticas medio clandestinas impresas en multicopista. "Cuarenta años", lamentaban en otro brindis. Y nos mandaban al pinar con la orden de no regresar hasta el anochecer, para poder explayarse a gusto contra Franco, sus ideas reaccionarias, sus adláteres y la desgraciada injusticia de que la opresión acabara con el autócrata muerto en su cama. Al año siguiente las largas sobremesas podían muy bien acabar con la voz maravillosa de mi madre cantando Libertad sin ira, de Jarcha. Qué tiempo prometedor.
Hay algunos que prefieren seguir viviendo en el No-Do. Verbigracia, el alcalde de Alpedrete, un pueblo de Madrid donde el domingo un hombre mató a su mujer apuñalándola y luego se suicidó. Juan Fernández, primer edil del PP que gobierna con Vox, redujo el crimen machista a una "mala decisión" de su autor, afligido por un dolor de espalda que le tenía incapacitado a la espera de una pensión de invalidez. Eso le causó un «trastorno psicológico» que la administración no supo gestionar, afirmó Fernández. "La quería mucho", soltó en Telemadrid. "Yo no lo veo como violencia de género, es un quitarse de en medio e intentar resolver el problema de manera drástica e incomprensible para muchos", prosiguió. Sobre el informe de la autopsia que detalló que la víctima recibió medio centenar de puñaladas aclaró que "es un mero relato que no le viene bien a nadie". En su opinión, "falló el sistema". "No ha sido por odio", abundó. Si entendemos "sistema" como ese conjunto de piezas del que el alcalde Juan Fernández forma parte remunerada, desde luego que ha fracasado de forma lamentable y clamorosa.
Ni siquiera en un ambiente contaminado de negacionismo misógino como el que vivimos era esperable la reacción de la familia del asesino de Alpedrete. Cuando incluso el torpe Fernández ha reculado para condenar sin paliativos el crimen, a instancias de su partido, los dos hijos de la pareja han salido a defender lo indefendible en un comunicado. Su progenitor era "un hombre ejemplar, un marido único y el mejor padre posible", que "solicitó ayuda y fue desatendido, ignorado, abandonado por el sistema". "A nuestros padres los mataron", zanjan. La forma simple de mitigar el dolor consiste en señalar un culpable externo. Pero si a alguien desprotegió el sistema fue a la madre, no a su verdugo. Me da pena esa mujer, a la que mencionan de pasada el alcalde y los hijos. Tantas cuchilladas en su cuerpo como años hace que nos ganamos la libertad sin miedo y sin ira.
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